La hermandad más antigua de la ciudad y se nota en muchas cosas. No tiene nada que ver con el patrimonio, ni con la carga, ni con otros elementos superfluos que podemos ver en mayor o menor medida en el resto de cofradías.

La Hermandad de la Soledad tiene ese poso que se consigue con los años, con una historia que sobrepasa los doscientos años, el cariño de todo un pueblo ante la Madre de Dios en su coqueto paso por las calles de la ciudad.

Antes que la Virgen un cortejo que en número no está acorde a tanta devoción pero que sabe estar en su salida procesional de cada Viernes Santo. El paso de misterio del Cristo de la Redención nos muestra una estampa portentosa que choca con el deteriorado estado -no por su conservación sino de origen- del propio paso siendo uno de los más recientes de nuestra Semana Santa.

Pero todas las miradas siguen puestas en un punto: la Virgen de la Soledad. Desde que sale por el dintel de la Iglesia Mayor hasta que cierra esa Semana Santa de la nostalgia, esa que se acababa con su recogida a los sones de Mater Mea.

Y es que todo en su caminar es nostalgia. Nostalgia de un San Fernando militar en sus laureadas, un San Fernando de tradiciones y costumbres, un San Fernando de la Virgen de la Soledad cada Viernes Santo.

Para mayor nostalgia la que nos evoca recordar la tarde-noche del Viernes Santo recordando el perfectamente seleccionado repertorio tras el manto de la Virgen por la Banda de Música de Agripino Lozano. Clasicismo y medida. 

La nostalgia nos invade al contemplar el regreso por su barrio hasta la Iglesia Mayor donde unas puertas nos indican que casi todo está ya por acabarse. En el interior se reza cantando y un cerrado aplauso de los hermanos dan por concluida una nueva salida procesional.

La nostalgia de la Soledad, La Isla misma añorando una nueva salida, una nueva Semana Santa, una nueva tarde junto a la Virgen. (ISLAPASIÓN).

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