Hay que ver cómo pasa el tiempo, o cómo nos sobrepasa: por la derecha y sin intermitentes.

Comienza 2018. Se acabaron las rutinas de estas dos semanas de frenesí gastrodispendioso; los árboles de navidad y las figuritas de los belenes ya reposan en sus lechos hasta el año próximo, las casas retoman sus rutinas –anheladas– y la trasera de la carroza de Baltasar (qué gusta una trasera) se ha perdido tras alguna esquina de nuestros recuerdos. Comienza 2018, decía, y a los amigos de Islapasión no se les ocurre otra que empezar con estos minipregones, a modo de avanzadilla, en las redes sociales: que no es por poneros nerviosos, que si ya se huele a roscos por las esquinas de la Alameda, que si un lunes más es un lunes menos… Pero es que es la realidad. Vivimos, a pesar de que los años van imparables, y que para algunos el vértigo de mirar hacia abajo –hacia las décadas transcurridas– tiene ya connotaciones traumáticas, como decía, vivimos en un eterno bucle de circunstancias.

Cada vez que el calendario cambia de número final, nosotros volvemos a mirar las cuadrículas de sus hojas con renovadas sensaciones. Volvemos a contar los días que quedan –hablando entre cofrades– para el Domingo de Ramos, pensando que este queda allá por las lindes de Camposoto, pero oiga… que Camposoto tampoco está tan lejos. Es todo cíclico, pero nos suena tan nuevo con el año entrante, que –vaya paradoja– resucitamos evocaciones. Nos gusta rememorar historias, momentos, sentimientos, aunque  aún no hayamos vivido aquello que sabemos que aún nos tiene que llegar. Lo dicho, pura incoherencia.

Somos así. Hace unos días, buscando un CD, di con algunos que ya creía perdidos. Al mirar las carátulas me asomó una sonrisilla nostálgica; no sé si a la boca, a los ojos, o al corazón. La cuestión es que al mirarlas me veía a mí comprándolas. Aquellas primeras visitas, con apenas quince años, a la librería San Pablo, o a la novedosísima tienda Mundo Cofrade, ambas en Sevilla, mientras hacía acopio de inciensos de Los Tres Reyes o de la Magdalena. Eran los inicios de aquel cofrade que se emocionaba con las vísperas de la Semana Santa.

Decidí escuchar uno de aquellos discos. Los años no pasan porque sí. Los años pasan para hacer muescas, y aquel compacto que puse también lo había comprobado. No había leído qué marchas lo componían. De repente, por los altavoces, sonaron aquellos acordes contundentes; aquellas notas, casi creía verlas en algún tono macilento. Tomé de nuevo entre mis manos la carátula y leí: «Nuestro Padre Jesús». Era como estar inmerso en una cascada de emociones. Imágenes e imágenes cayendo sobre mi memoria que se refrescaba conforme aquella composición se enfatizaba.

Volví a aquellos quince años. ¡Claro que volví! Y he de reconocer que me fascinó reencontrarme con aquel joven que fui. Eran los años de las experiencias. Los años donde La Isla era todo el universo que me bastaba. Los años donde las amistades eran únicas. Los años donde las ilusiones eran constantes. 

Recordé entonces a aquellos que ya hacía tiempo que se marcharon con sus eternas peculiaridades: una sonrisa, un cigarro a medio caer en la comisura de los labios, un saludo concreto, un gesto único. Recordé la cercanía de los amigos que hoy llamo hermanos, y a los que tengo tan lejos. Recordé las visitas al Quijote, al Sancho, centros neurálgicos del yantar cofradiero; las charlas y confidencias en el Agüaero, o en La Trepá, de mi recordado y mastodóntico amigo y cargador del Nazareno, Julio, junto con su hermano Antonio. Recordé las primeras llamadas que anunciaban la próxima Cuaresma, allá en el salón del  Consejo de Hermandades en el hospital de San José: la elección del cartel de la Semana Santa, con aquellos ¡oooooh! de admiración ante algunas fotografías inesperadas.

Recordé cuando tener la venera era un privilegio reservado a los miembros de juntas de gobierno y auxiliares y que, numeradas, se preservaban en una caja de madera. Recordé la primera exposición de la Pasión, hecha por la hermandad de la Vera+Cruz donde en diciembre solían instalar su Belén, en aquellas instalaciones de la calle Rosario. Recordé los concursos de pasos en miniatura que organizaba la hermandad de la Misericordia allá en Héroes del Baleares, en la Caja Postal Argentaria. Recordé el primer diorama de la Pasión de la Hermandad de la Divina Pastora, con aquella voz sobrecogedora de Manolo Alconchel y la inconfudible de Juanjo Carrera dándoles vida al drama de Cristo mientras, de fondo, sonaba la banda sonora de «La misión».

Recordé cuando a la salida del colegio iba a la Caja de Ahorros de Cádiz o a la de Jerez a por itinerarios. Recordé cómo mi madre me daba quinientas pesetas para ir a recoger la túnica de mi hermandad. Recordé los nervios y la satisfacción al recibirla. Recordé los ensayos en las noches frías de enero de los tambores y las cornetas que sonaban desde la Venta de la Alegría o desde la Bazán –las del Medinaceli y las del Gran Poder–. Recordé mirar por las viejas ventanas del antiguo dispensario de la Cruz Roja, y ver a su banda ensayar con el Maestro Agripino batuta en mano.

Recordé los ensayos de abrumadores ¡¡quieto!! y apasionantes ¡¡vámono!!  de los cargadores de la ACI y de los de Nicolás Carrillo. Recordé la primera vez que amarré mi almohada bajo el paso de la Soledad bajo la tutela de mi patero de referencia (y preferencia): mi querido Guiri. Recordé...

El CD se paró. El equipo de música seguía encendido, pero el disco estaba parado. Lo saqué y lo miré, y vi una minúscula hendidura; suficiente para que se detuviese. Los años, como citaba, no pasan porque sí. Los años pasan para hacer muescas.

Cada vez que el calendario cambia de número final, nosotros volvemos a mirar las cuadrículas de sus hojas con renovadas sensaciones. Volvemos a contar los días que quedan para seguir acumulando nostalgias. Pues sí. Somos así.