Recuerdo mi adolescencia. Era el rara avis en mi grupo de amigos. Semanas cuaresmales en las que dejaba el tiempo de ocio y disfrute para centrarme en mi hermandad, en fines de semana de postulación, en la preparación de los cultos o en la salida procesional. Semanas en las que mis amigos ya preparaban su particular viaje de Semana Santa fuera de nuestra ciudad pero, no crean, no pensaban en pagar el peaje de la autopista y llegar hasta la Campana, sino en algún punto del litoral gaditano, en un buen camping donde disfrutar de unas vacaciones tras el duro segundo trimestre en el instituto. Yo era el raro, al que le gustaba el humo del incienso, las marchas procesionales en lugar de tal o cual banda del panorama underground de mediados de los noventa, prefería el sonido de la corneta a la voz quebradiza de Kurt Cobain, y prefería ir un sábado cuaresmal a un concierto en el salón de actos de las Carmelitas antes que irme al Barrero a buscar a las antiguas alumnas de dicho colegio con una litrona en la mano… que para eso estaba el resto del año.

Pasados los años y desde la perspectiva que te da la madurez que uno poco a poco va tomando, tengo la inquieta sensación de que antaño vivía más intensamente la cuaresma, o mejor dicho los actos cofrades. Mi cuaresma actual se reduce al recogimiento personal, al encuentro de Dios a través de su mensaje evangélico, a vivir de forma intensa y gozosa los distintos cultos internos y a la selectiva asistencia a dos o tres actos ¿culturales? cofrades.

Los siento si soy selectivo y veo un estancamiento brutal en la concepción de todo este programa cuaresmal. Supongo que no pasará nada, que público siempre habrá y no se notará la ausencia de tantos cofrades que están cansados de conciertos en los que se vuelven a interpretar las mismas composiciones musicales una y otra vez en iglesias u otros espacios donde ni la acústica favorece ni el concepto de piano es atendido por músicos del bombo y platillo; cansados de mesas redondas donde los de abajo toman un protagonismo excesivo cuando su misión en Semana Santa es simple y llanamente ser los pies en el caminar de Jesucristo y su bendita Madre por las calles de San Fernando; cansado de ver cómo los comercios se inundan de carteles semanasanteros –algunos con escasa calidad tanto en la edición como en la composición fotográfica- que no han sido meramente presentados sino que han servido para que se le de rienda suelta a los egos de multitud de futuros pregoneros que vendrán a glosar la figura de una dolorosa o incluso de la Semana Mayor en años venideros; cansado de ver cómo la Casa de la Cultura ya no es un escenario digno y se abre el Teatro de las Cortes para cualquier tipo de acto haciendo, como dijo un buen cofrade, de lo extraordinario algo ordinario…; cansado de ver cómo el cartel oficial de la Semana Santa pasa desapercibido sin pena ni gloria pues se edita como uno más, exponiéndose en las lunas de los comercios después de que termine el carnaval aunque se haya presentado un mes y medio antes, en lugar de exponerlos en las marquesinas de los autobuses, en los soportes publicitarios o en lonetas de gran formato en las fachadas de los edificios municipales; cansado de ver cómo las temáticas de las conferencias se repiten año a año; cansado en definitiva de un programa en el que prima la cantidad y no la calidad.

Con esto no quiero decir que no sea loable la labor de las entidades organizadores, sobre todo de todas aquellas iniciativas privadas, pues en los tiempos en los que vivimos es triste que de ese programa cultural la iniciativa pública se reduzca a colaborar dejando tal o cual instalación municipal a cambio de la presencia en el acto para tener la fotografía asegurada al día siguiente. Y por tanto, es de alabar el esfuerzo de todos esos colectivos por tener cuarenta días llenos de actos. Pero como el cofrade es exigente y crítico por naturaleza, deberían para próximas ediciones estrujarse su particular fajín de esparto y diseñar algo diferente y de calidad. Que la música no se redujera a conciertos de marchas procesionales con la variedad que existe de música sacra, que en las tertulias no se trataran siempre sobre los mismos temas banales y se profundizara sobre el sentido estético de una cofradía en la calle o en la formación cristiana, que se gestionaran exposiciones en las que se ofreciera a través de la imagen la evolución de la Semana Santa isleña o se ofreciera la posibilidad de comparar la idiosincrasia de cada región… porque, de no ser así, quizás el año que viene iremos preparando para todos los desencantados una excursión a Los Caños en busca de otros placeres terrenales.       



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