«Ya mismo está aquí esto», solíamos decir cuando, tras pasar el verano, octubre nos metía de lleno en olores de nardos carmelitanos, y las tardes se acortaban como el Gran Poder da zancadas para cumplir con sus horarios, y llegaba el frío como te encontrabas de repente en una esquina a la Madre del Rosario la madrugada del Sábado Santo.

Del Cerro a Tosantos, de Tosantos al Día de los Difuntos, y se respiraban aromas de tiempos lejanos de lamparillas mariposas, de recuerdos de los que nos dejaron, de toquilla y lumbre bajo la mesa que calentaban los ánimos helados. Las campanas cambian redobles por tañidos que llaman a los vivos recordándoles que los muertos no bailan en los cementerios, que siguen dormidos esperando que los que aquí una vez les lloramos no los dejemos en el olvido. Y hasta el cielo siente el duelo, y dibuja en nuestra retina momentos que, melancólicos, nos visitaran cuando no veamos tan lejos nuestro inevitable destino.

Noviembre viste de luto a los sentidos.  De corazones compungidos que en las velas de los altares, donde las devociones a las que se les rezan, leen los nombre de los que los dejaron marchitos. Negros mantos, negras túnicas, negros sayos. María es más dolorosa que nunca teniendo cerca al Hijo.

En fin, que el rememorar me hace viajar hasta donde mi memoria no ha ido y he revivido un presente que aún está en camino.

Me han dicho o, mejor, me he enterado –dejando el pasado de lo que aún no ha sucedido– que tras ese noviembre en ciernes y ya enfilando diciembre, cuando la frase con la que abría este artículo toma la seriedad de un notario, que un buen amigo y mejor hermano ha sido designado para tomar la palabra y hablar de Esperanza. Así, en mayúsculas, sin dudarlo.

Hablar de Esperanza es caer en la tentación de ser vano. Pues somos tan insustanciales que cualquier cosa nos vale para calmarnos. Pero sé que este hermano lo tiene claro, porque para él Esperanza es, no un sol amaneciendo –que sería la poesía más imberbe–  sino en su mismísimo ocaso. Porque hay que saber que es en el extremo último, cuando todo parece sentenciado, que la Esperanza recobra su significado. Esperanza es confiar incluso cuando todo te da de lado.

Sé que este buen amigo lo es mejor de aquella fe que lo ilusiona, que lo anima, que le da el coraje de plantarle cara a la enfermedad más empecinada. Sé que este querido mío tiene en su vida los motivos para explicar y convencer de que más vale creer que ser creído; que lo primero te da humildad y lo segundo vanidad, y esta te llena de falsos motivos.

Están de enhorabuena los oídos que a escuchar vayan a este infatigable promotor del cristianismo. Hay que ser valiente para defender el catolicismo en una sociedad donde –delirio– el respeto pasa por el martirio del incomprendido. ¡Enhorabuena, os repito! Que soy un convencido de que vuestros corazones aplaudirán latidos emocionados al encontrarse con palabras llenas de Esperanza, y no con un discurso lleno de versos embebidos en recrear más que en servir de abrigo.

Qué hermoso es ser, de las letanías, vocero. Ponerle letra a las pasiones que guardamos en nuestros tinteros y están tan llenos que, al posar la mirada allá donde el escultor hizo el milagro de convertir la madera en fervor, se derrama su interior y sale sin rubor tanto amor. Qué bello es tener el don de recitar con la pluma lo que dicta la sinrazón. Sí, la sinrazón. Porque en este mundo de cuerdos el mejor pregonero tiene que ser un loco que ensalce aquello que siente sin ningún temor.

Ya lo dije: pregonero. Y no es término menor. Pregonero de Esperanza, ¿no es eso un honor? ¿De Esperanza o de la Esperanza? No sé. Diferencia no veo yo; y sé de muy buena tinta –hablando de pregón– que este hermano tan estimado tiene por la Esperanza tal ardor, que fue la mismísima Macarena la que en Sevilla lo acogió.

Mi querido hermano, mi apreciado Jesús Rodríguez Arias. Quedan dos meses aún que son como los toques de un llamador que pone en aviso a los cargadores. En tu garganta vibrará, convencido estoy de ello, como en palio de Jueves Santo, la flor del verbo que dará fragancia a esa exaltación. ¡Que es un gran honor! ¡Que no me resisto repetirlo aunque suene a mal escritor! ¡¡Pregonero de Esperanza!! De la misma Esperanza que en la madrugá isleña pone luz a las tinieblas de la Expiración.