Hace unos años se hizo viral el lamento de una mujer ante la imposibilidad de que la devoción de sus amores realizara su estación de penitencia por las inclemencias meteorológicas. El desgarro, el marcado acento de la protagonista y, quizás, la exageración en su gesticulación fueron mimbres más que suficientes para que en el mundo de las redes sociales ese video traspasara la delgada línea que existe entre la transmisión de información y el inadecuado uso de ésta a través de la mofa y la ofensa.

De ella, de esa anónima devota no sabemos nada, tampoco nos importa. Desconocemos los problemas que tiene en su vida cotidiana, cómo los afronta y si el Señor de la Clemencia jerezano es su única tabla de salvación, al que da gracia por lo que tiene y le reza. No nos importa si cualquier día de la semana se acerca a San Benito para llevarle flores o simplemente mirarlo a la cara y pedir por los suyos.

Eso da igual, lo importante era caricaturizar a la religiosidad popular. Esa que, a pesar de intentar someterla a norma desde hace siglos, no entiende de canon, de jurisprudencia ni de reglas.

Este fajín de esparto empieza a deshilvanarse, comienza a verse roído y todo ello provocado por lo que percibe a su alrededor. No nos confundamos; las Hermandades y Cofradías no son más que el reflejo de la sociedad y si en ésta los valores del respeto y la convivencia hace mucho que se perdieron, nuestro ámbito no va a ser una excepción.

Lo que en el año 2000 fue considerado como una excepción en la Madrugá sevillana, en la actualidad y por desgracia ya es algo habitual. El domingo sucedió en Jerez con su patrona; carreras y estampidas provocadas por la falta de saber estar y sobre todo de entender lo qué se ha venido a experimentar ante una procesión.

Gracias al archivo familiar, he tenido acceso a noticias publicadas en El Mirador de San Fernando en el que se informaba cómo a mediados de los setenta del pasado s. XX existieron en nuestra ciudad grupos de jóvenes que intentaron sabotear alguna estación de penitencia y mostraban su rechazo ante la presencia de desfiles procesionales. Pintadas, destrozos e incluso conatos de quemas de iglesias o imágenes han ido sucediéndose en los últimos años por toda la geografía estatal, reavivando esa memoria histórica de algunos pasajes que creíamos olvidados.

Nada nuevo bajo el sol, por tanto. Sin embargo, lo realmente preocupante es que en muchas ocasiones el peor enemigo lo tenemos en casa, en el que dice llamarse cofrade. Lo que el domingo vivieron (y sufrieron) los hermanos de Desamparados debería hacernos reflexionar a todos. ¿Qué estamos haciendo para que se llegue a esta situación? ¿Para qué vamos a presenciar un cortejo procesional? ¿Sabemos cuál es el sentido de una procesión ya sea de gloria o de penitencia?

Da igual, lo importante es la polémica en lugar de aprovechar el encuentro con la Virgen de las Mercedes y pedirle que nos libre de todas nuestros ataduras y deformaciones personales que nos hacen preso en un mundo individualista y egocéntrico, falto de amor cristiano en el que el verdadero mensaje de Cristo a través de su bendita Madre queda decapitado banalmente por la supuesta afrenta por el modo de cargar de una determinada manera. Como si lo importante fuese el movimiento de los cargadores en lugar de la imagen que portan.

Asqueado, me siento asqueado. Y lo que no saben es el daño que nos hacen a todos los que defendemos este modo de vivir la religión. Porque siempre estamos en el ojo del huracán; nuestro modo de ser está no sólo en la Iglesia de puertas para adentro, sino también en la calle a través de nuestra peculiar forma de propagar el Evangelio. Pero si en vez de ello, lo que hacemos es darle mayor importancia a lo superfluo, al modo de carga... algo no cuadra, algo estamos haciendo mal. Porque lo estético sí es importante, desde los inicios del cristianismo, el arte, la iconografía, la estética y la simbología han servido como lenguaje para transmitir el mensaje de Cristo, pero hasta el momento y que yo sepa, un quieto o un costero no.

Lo siento, me da asco, me dais asco los que en mi nombre como cofrade protagonizasteis esa escena tan miserable. ELLA seguramente os estaba mirando y se preguntaría también ¿Por qué Señor? ¿Por qué?