No, no pretendo referirme al conocido grupo de rumba catalana. Ni tampoco a un par de presentadores deportivos de moda. Por contra, sí quiero hacerlo dedicando estas líneas a dos de los últimos presidentes que ha tenido el Consejo de Hermandades: Manuel Muñoz Jordán y José Manuel Rivera Barrera.

Sin querer desmerecer la labor realizada por sus antecesores, se podría decir que ambos, arropados por un excepcional equipo de buenos y comprometidos cofrades (del que tuve la fortuna de formar parte), han sido artífices de la que posiblemente sea la etapa más fructífera en la historia de este organismo cofrade hasta la fecha (concluida de forma inesperada pero brillante y eficaz por Jesús Cruz Foncubierta).

Ha sido un periodo largo, que se iniciaba allá por 1999 con la llegada a la presidencia de Manolo Muñoz, cofrade conocido, reconocido, respetado y admirado, que ya atesoraba una amplia experiencia en el cargo pues lo había ocupado anteriormente en varias ocasiones. Su innegable capacidad de liderazgo, su carácter negociador y dialogante, su habilidad para dar el sitio adecuado a cada persona, junto a una enorme capacidad de trabajo tanto suya como de su equipo provocaron que muy pronto los primeros resultados se hiciesen notar.

Entre los logros conseguidos durante su mandato se podrían destacar, entre otros, la creación de la escuela de formación cofrade, multitudinaria en sus inicios y de amplio y diverso temario; la reforma y ampliación hasta la Plaza del Rey de la carrera oficial; la solemnización del Pregón de la Semana Santa, consiguiendo que volviera al Teatro Las Cortes y dotándolo de un cuidado protocolo; se le supo dar también el sitio debido y tantas veces reclamado a las hermandades de Gloria, asumiendo su pregón y creando su cartel; se transformó el Vía-Crucis de las Hermandades, dotándolo de una organización de la que carecía y consiguiéndose una participación hasta ese momento desconocida; se retomó e impulsó la concesión del título de Hijo Predilecto al recordado Alfonso Berraquero, el cual pudo disfrutar del homenaje de su ciudad en vida gracias al Consejo. Y por si fuera poco, este periodo tuvo el broche final el Sábado Santo de 2010 con la Solemne Procesión Magna que supuso un rotundo éxito tanto de organización como de participación, convirtiéndose en el evento cofrade más importante en la historia de la ciudad y que será difícilmente repetible.

Tras llegar al final de su mandato fue un miembro de su equipo, Manolo Rivera, quien tuvo la valentía de ser quien cogiera las riendas del Consejo en un momento ciertamente complicado pues el listón estaba muy alto y las comparaciones con su antecesor iban a resultar inevitables. Pero supo cumplir con creces, arropado por gran parte del equipo de Muñoz.

Manolo Rivera, con su carácter tranquilo, paciente y sosegado, supo lidiar con eficacia los numerosos conflictos de hermandades a los que tuvo que enfrentarse durante su etapa, algunos muy desagradables y siempre llegando a buen puerto. Además continuó en la misma línea de Manolo Muñoz en cuanto a la brillantez de su labor. Así, durante sus años de presidente se ultimó la ampliación de la carrera oficial, dándole la configuración actual y terminando, por fin, con las famosas listas de espera, posibilitando que hoy quien lo desee puede sentarse en ella. Supo relanzar la formación cofrade, algo adormecida en los últimos tiempos y mantuvo con firmeza la independencia del Consejo, cuando las hermandades quisieron ser utilizadas para fines políticos tanto por unos como por otros.

Evidentemente durante estos 18 años no todo fueron aciertos y algunos asuntos se han quedado sin resolver. Entre ellos, conseguir una mejor coordinación de horarios en algunas jornadas de la Semana Santa o, sobre todo, dotar de una sede social más amplia y cómoda al Consejo acorde con la categoría de nuestras hermandades ya que la actual de Isaac Peral hace tiempo que se quedó pequeña.

Aún así, el balance de la labor de este grupo de cofrades ha sido altamente positivo y creo que el equipo que cesó el pasado mes de junio aún tenía recorrido y merecían haber podido continuar pero las “circunstancias” parece que no fueron favorables.

Recientemente ha tomado posesión un nuevo presidente tras las elecciones celebradas el pasado junio. Personalmente no he tenido la ocasión de conocerlo demasiado aunque experiencia y capacidad no le pueden faltar al haber ocupado, entre otros, el cargo de hermano mayor en su hermandad del Santo Entierro.

Sí me considero amigo de varios de los buenos cofrades que le acompañan en esta aventura. Estoy seguro que tanto presidente como consejeros trabajaran con ganas e ilusión con el único objetivo de servir a Iglesia a través de nuestras hermandades y cofradías, en unos tiempo no demasiado propicios para nuestras corporaciones. A todos les felicito y les deseo los mayores éxitos en su gestión porque eso será una muy buena noticia para el colectivo cofrade isleño.

Mucho ánimo y mucha suerte.