Soy un convencido de que las condecoraciones y reconocimientos hay que darlos en vida; queda muy profundo eso de in memoriam, pero y tan profundo: a dos metros bajo tierra.

Discúlpenme la falta de tacto en este inicio, pero estoy seguro de que muy pocos estarán en desacuerdo conmigo ante lo dicho en la primera línea del párrafo anterior; salvo cuando el homenajeado no haya dado opción a ello por la circunstancia que sea.

Divago, sí, sobre el justo honor de concederle a Alfonso Berraquero una calle en esta Isla que tan tiquismiquis se ha vuelto de unos años a aquí.

No les quito la razón a los académicos de la Real de San Romualdo, ni a los ateneístas republicanos, en eso de que no se trata de quitar por quitar, sino de otorgar con sentido. Sin embargo, haciendo uso de unas palabras de mi gran amigo y hermano, Rafael Gabaldón –uno de esos cofrades inasequibles al desaliento-, pongo la mano en el fuego en que muy pocos, hasta ahora, sabían quién era Francisco Maldonado; aunque nunca es tarde si la dicha es buena y, de paso, se amplían los conocimientos sobre los personajes que forman parte del nomenclátor de nuestra ciudad.

Reitero lo citado en el primer párrafo. Si esta pública distinción se hubiese dado en vida del artista, con mucha probabilidad esta eventualidad no se hubiese dado; quizás sí, pero permítanme la duda. En todo caso no es la negativa a que el escultor tenga una vía con su nombre lo que se debate, como citaba antes; lo que se rebate es que sea la que propuso la Hermandad del Ecce Homo, que no es sino, como ya se sabe, donde esta tiene su domicilio: la del citado capitán Maldonado. Que, por cierto, lleva inamovible ahí desde 1874; que ya son años.

Puestos a divagar sobre dónde incluir a Alfonso en el callejero de San Fernando, debiera primar la concordancia de su relación con el barrio que lo tenía como honorable vecino. No salir de La Pastora sería, a priori, lo deseable y es lo deseado. Aunque su relación con toda la población era evidente, desde La Ardila hasta La Casería, era con el parnaso pastoreño –permítanme esta licencia poética, como parte del mismo que aún me considero- con el que se le vinculaba de facto.

Berraquero era a La Pastora lo que cualquiera de los nombres ilustres que jalonan sus calles lo es a este rincón tan castizo. Solo por esta aseveración, por esta correspondencia, sería ilógico que el nombre del imaginero se viera forzado a permanecer en la esquina de cualquier otra localización que no fuese en el citado encuadre. Es como si, por poner un ejemplo de claridad refulgente, a Agustín Sirviente –nuestro Naca- se le hiciese la misma consideración y se le incluyese en el viario de Camposoto. ¡Pues no! Con todos mis respetos a esa zona, ¡pero no!

Se ha hablado de un nuevo paso que unirá las calles santo Domingo con Bonifaz y al que algunos no le hacen ascos para zanjar, por fin, el asunto en cuestión. He escuchado que el nombre del citado Hijo Adoptivo sea el dispuesto para la plaza que siempre se conoció como «del Castillo», en el lugar en el que se emplaza la fortaleza isleña; allá donde las albinas del Puente. Se ha comentado sobre la reiterada de Bonifaz, donde tenía su vivienda y estudio… Pero con la hermandad del Ecce Homo insistiendo en lo propicio de su propuesta y ubicación, y con los miembros de las otras citadas entidades oponiéndose, el ayuntamiento ha picado la solicitud con una chincheta en el corcho de los asuntos pendientes. Y en esas estamos.

Lo decía antes. Desde hace unos años San Fernando se ha convertido en una ciudad donde todo lo que se hace se mira con lupa; que me parece muy bien, dicho sea de paso. Pero este «tiquismiquismo» debe ofrecer soluciones, a la par que expone reticencias.

Lo baladí de este asunto es que no debe acaparar otras suspicacias. Incido en lo expuesto: nadie se opone, nadie le quita méritos al artista; méritos conseguidos por su devoción hacia su vocación, por su trabajo, por su legado y por su visión artística. Las motivaciones de las entidades que convienen en que Maldonado no debe ser sustituido por Berraquero son tan válidas como las que apoyan lo contrario: cuestión de justicia.

Dicho esto, por ejemplo, y para ofrecer otras enmiendas al respecto, ¿por qué no poner al comunero castellano junto a Padilla o a Bravo? Pregunto. O, siendo salomónico, ¿por qué no renombrar parte de la citadísima calle Maldonado, la que va desde Escaño a Marconi, que es donde se emplaza la nombrada cofradía del Lunes Santo, como Calle Escultor Alfonso Berraquero?

Ahí lo dejo.