En uno de los numerosos  artículos aparecidos en los medios de comunicación sevillanos  procurando analizar las posibles causas de los graves disturbios acaecidos en la pasada “Madrugá”, se apuntaba como una de ellas a la progresiva vulgarización o chabacanización del comportamiento de quienes acuden a presenciar la Semana Santa.

Efectivamente, provocado por el erróneo concepto  de producto turístico y comercial que desde diversos sectores se le está queriendo dar a la Semana Mayor, desde hace ya varios años en Se villa se está produciendo un aumento considerable de público o espectadores poco entendidos, con escasa “cultura cofrade” y que salen a ven pasar cofradías de la misma forma que lo harían ante cualquier espectáculo festivo y carente de significado religioso.  Para muchos,  la Semana Santa se ha convertido en algo así como una feria o un fin de año con pasos en la calle. Famosas han sido las imágenes que han circulado por las redes sociales de grupos de jóvenes y menos jóvenes tirados por el suelo, de “botellón”, jugando a las cartas o incluso de “picnic”, mientras esperaban el discurrir de algún cortejo.

Todo estos hechos también son triste consecuencia de la falta de educación y respeto de la sociedad actual, donde triunfa la ley del “todo vale porque tengo derecho”, aunque para eso haya que pasar por encima de tradiciones de siglos y destrozarlas. Así, hoy es frecuente lo que hace no mucho era impensable: no guardar silencio e incluso hablar a gritos junto a un paso, molestar indecorosamente a los nazarenos o contemplar una procesión mientras se devoran compulsivamente bolsas de pipas ,cuando no con un vaso en la mano y no de agua precisamente.

Pero este problema no es exclusivo de Sevilla, más bien todo lo contrario, se ha globalizado. Sin ir más lejos, en esta última Semana Santa hemos sabido de incidentes también en Jerez o Málaga, sin olvidarnos de lo ocurrido en Cádiz hace algunos años con el Nazareno, donde se profirieron insultos a su junta de gobierno por el simple hecho de no coger por una determinada calle.

En nuestra ciudad, hasta el momento, no hemos sufrido problemas de excesiva importancia, pero tampoco es ajena a este fenómeno ni a este deterioro en el comportamiento hacia las hermandades:  ya hace tiempo que se perdió el tradicional respeto al procesionar de una cofradía; cada vez se le tiene menos consideración a la figura del penitente (para algunos padres la función fundamental de estos es divertir a sus hijos); se sigue sin saber guardar silencio ante determinadas hermandades, en especial las de negro; e incluso se ha llegado a increpar a capataces o cargadores al considerar algún “entendido” que el estilo de carga no era el adecuado.

Lo peor de todo es que la solución no es nada fácil. Estamos ante un mal progresivo y difícilmente controlable porque falta lo fundamental: educación.

Ante esto los cofrades y las hermandades debemos poner todo de nuestra parte, como me consta se está haciendo ya, para procesionar con el máximo rigor, decoro y compostura, cuidando todos los detalles y evitando espectáculos superfluos y carentes de sentido. Tenemos que tratar de contagiar al público algo del sentido religioso y trascendente de nuestras manifestaciones de fe y que no nos confundan con una cabalgata de carnaval o de Reyes Magos.

No olvidemos que si nos respetamos a nosotros mismo será más fácil que nos respeten desde fuera. 



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