Tras disfrutar de una intensa cuaresma, un año más no encontramos en esas jornadas de vísperas ilusionadas que conforman la llamada Semana de Pasión.

Hace tan solo unos días las palabras pregoneras de un buen cofrade (enhorabuena, Manolo) nos despertaban las emociones más dormidas y las ganas de ver cofradías al anunciarnos que la Semana Santa nos espera a la vuelta de la esquina y que iniciamos el final de una dulce cuenta atrás que nos llevará, irremisiblemente, al gozo de contemplar la primera Cruz de Guía allá por el colegio de La Salle en tan solo unos pocos días.

También se repiten ya esas escenas, tantas veces vividas y en tantas ocasiones soñadas, de traslados de pasos a sus templos; de ajustes certeros de candelabros, candeleros, respiraderos y varales; y de apresuradas reuniones en las que ultimar esos postreros detalles que inevitablemente siempre surgen.

Trajín ilusionado cuyo único propósito es hacer posible que nuestras hermandades cumplan con la principal misión para las que fueron creadas y que no es otra que hacerse cofradías y dar culto público a Cristo y a la Santísima Virgen.

Pero no olvidemos que, a partir del Domingo de Ramos, en las aceras de nuestras calles se apostarán cofrades y no cofrades, creyentes y no creyentes, por lo que todos estos cuidadosos preparativos y todas estas reuniones serán, más que necesarias, imprescindibles, pues debemos ser conscientes de la enorme responsabilidad que contraemos los cofrades al sacar una procesión a la calle en estos tiempos que corren en los que los valores religiosos y morales parecen estar poco presentes y hasta perseguidos en esta sociedad tan secularizada.

Por tanto, cuidemos al máximo nuestros cortejos, aunque pequemos de pesados, meticulosos y reiterativos, y dentro de ellos hasta los detalles que puedan parecernos más insignificantes. No caigamos en la peligrosa rutina ni en la poco aconsejable improvisación. Démosle la importancia debida a nuestras salidas procesionales y tratemos de que éstas se celebren con la mayor solemnidad posible para tratar de evangelizar con ellas. Contagiemos nuestro sentido cristiano y penitencial a todo aquel que nos contemple. Y sobre todo, evitemos situaciones, posturas, actitudes y formas que puedan ser consideradas por algunos como antítesis del acto de fe que vamos realizando.

Solo así estaremos en el camino de conseguir el que debe ser nuestro compromiso y nuestro reto, que no es otro que el evitar que nuestras procesiones queden reducidas a meras manifestaciones folklórico-culturales en las que presenciar, con más o menos orden, tallas, imágenes y bordados, sin ningún sentido religioso ni transcendente.