La salida de las madres capuchinas de la calle Constructora Naval podría ser tema de debate durante años que nos echen. Y los motivos, justificados o no, tendrán el peso que cada uno queramos darle y según el lado desde el que lo analicemos. Pero si hay algo en lo que me ganaría adeptos en una encuesta, es justamente que se podría haber gestionado, tramitado y cerrado de otra manera menos dramática.

En los casi 22 años que llevo trabajando para la misma compañía, he visto y presenciado multitud de jubilaciones de compañeros que, tras dar todo lo que llevaban dentro profesionalmente, fueron homenajeados y despedidos con la justa oportunidad de dedicar palabras y de recibir abrazos y felicitaciones de los que seguimos en la brecha. Es normal, y de bien nacido en ser agradecido.

El caso de las capuchinas me ha puesto en reflexión y he querido extrapolar el caso a lo profesional; a lo que haría una empresa con unos recursos humanos medianamente formados.

La pequeña empresa de servicios ubicada en la calle Constructora Naval fue fundada hace más de un siglo y cuarto. Una franquicia de éxito que aseguraba la atención del ciudadano y el compromiso de rezos por la causa que fuera encargada. El staff siempre tuvo ese perfil humilde y generoso que hoy se valora tanto y que muchas empresas buscan para conseguir una plantilla acorde a sus clientes.  Como toda empresa de éxito, con el paso de los años, fue innovando y adaptándose a los tiempos; costuras, pasteles, obleas para hostias….y por supuesto, el producto estrella: rezar por todo lo que me pidas.

Así pasaron los años, y pasaron las crisis, y la pequeña empresa de servicios, fue escuchando cómo cerraban otras. Pero en Constructora Naval mantuvieron el espíritu original y ni un solo día dejaron de hacer lo mejor que sabían, rezar, pedir por otros y mostrar amabilidad.

Pero como muchas historias, esta también tiene un final. En este caso un final muy injusto. Quizá no el mejor de los esperados, ni siquiera el más razonable. El final que se ha escrito en Constructora Naval ha dejado perplejo a esta ciudad, porque lo que tendría que haber sido un homenaje en toda regla, una despedida cómo mandan los cánones, una salida digna y acorde a la entrega de tantos años, finalmente se ha visto abocada a una situación tan indigna como inverosímil.

Esta comunidad de clarisas capuchinas, tiene en su haber la medalla de oro de esta ciudad, y sin embargo, ¿alguien se ha acordado de este detalle? Yo estuve el día que la concedieron, y os aseguro, que había colores de todas clases en la calle.

Solo queda lamentar lo que ha ocurrido, porque olvidar la estampa de cuatro septuagenarias  –por la parte más corta-  saliendo con lágrimas en los ojos, sin ni siquiera tener oportunidad de recibir un merecido y caluroso abrazo de su pueblo, antes de partir para no volver, es algo que se me antoja imposible. Desde luego, que han sido valientes.

Siguiendo con la extrapolación inicial, lo que aplicaría ahora sería analizar y aprender de los errores cometidos, si es que no se quiere volver a tropezar. No hay que hacer grandes análisis si someter el caso a un Kaizen en toda regla. Creo que bastará con hacer un poco de conciencia.

Ojalá que la franquicia de Constructora Naval siga dando servicio desde su nueva ubicación, porque sin duda, su personal, sigue siendo tan válido como el día en que abrieron.

Eduardo Coto Martínez


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