“Elvira me enseñó a ser libre”

Esta frase la repetía el artista cada vez que tenía ocasión. Elvira, su madre a la que adoraba, le había inculcado numerosos valores  desde su niñez pero sin duda, el de la libertad era el que mejor podría definirlo. Porque a Alfonso se le podía calificar con un buen puñado de adjetivos como, por ejemplo, sincero, ocurrente, divertido, inteligente, tremendamente generoso, sensato cuando tocaba serlo, melómano, culto.

 Pero sobre todo era un hombre libre, cualidad que unida a su personalidad arrolladora y a un punto de genialidad, hacían de él una persona excepcional, de esas que se conocen muy pocas a lo largo de la vida y que te marcan para siempre.

Alfonso ejerció esa libertad aprendida y disfrutada para todo en su vida: fue libre en su forma de ser, de sentir, de querer, de relacionarse. Quiso revestir su casa de esa misma libertad y siempre tuvo las puertas abiertas para aquel que quisiera traspasarlas. Fue libre hasta para saber ignorar, cuando no perdonar, a aquellos que le criticaron de forma injusta y cobarde movidos por envidias, amiguismos o quién sabe la razón.

Y fue libre en su arte, en sus creaciones. Alfonso nunca se dejó manejar ni fue esclavo de nada ni de nadie, salvo de su trabajo e inspiración. Era un genio y era especial.

A los que tuvimos la suerte de disfrutar de su cariño y amistad nos será muy, muy difícil acostumbrarnos a su ausencia. Tal vez no lo hagamos nunca. Echaremos en falta sus historias, sus teorías, sus anécdotas con Ortega Bru, Guzmán Bejarano o Castillo Lastrucci.  Añoraremos sus ocurrencias y las largas horas de conversación sobre arte, imaginería o lo que tocase, siempre con música clásica sonando de fondo.

Como débil consuelo nos queda su legado en forma de felices recuerdos de tantos momentos disfrutados con él, junto a él. Y su obra, por la que desde ya Alfonso es inmortal. Afortunadamente podremos seguir disfrutando de sus creaciones, de sus diseños cofrades, de sus pinturas y carteles, de sus azulejos y sobre todo de su imaginería. La Semana Santa de San Fernando es y será por siempre la Semana Santa de Berraquero, que como él mismo decía con legítimo orgullo, “podrá ser mejor o peor pero original y distinta al resto”.

A partir de ahora, cada vez que contemplemos alguna de las obras salidas de las gubias de ese mítico “Tugurio” de la calle Bonifaz, nos acordaremos de Alfonso, estaremos viendo a Alfonso, el genio libre.

Y con una sonrisa dibujada en el rostro nos sentiremos felices por haber tenido la oportunidad y la dicha de haber conocido al más grande artista que ha dado esta tierra, a la que tanto amaba y de la que nunca se quiso marchar.

Hasta siempre, querido. Te echaremos de menos.