Era de esas personas capaces de hablarle a Dios mismo de tú a tú; con guasa, con la socarronería del genio y la confianza de quien viste las canas como galones.

Capaz de divinizar lo material y de humanizar lo divino, Alfonso Berraquero concibió con su gubia la fe de muchos. Pudiera hacer una breve exaltación con cada una de sus obras sacras –remitiéndome a lo cofrade-, pero permítanme no caer en la vanidad del escritor y proseguir con la del admirador.

El artista, el vate que hacía poesía con una pluma para tallar, ha sido tan humilde en su partida como cercano fue en vida. Nos sorprendió con su muerte, eso sí, como lo hacía en lo cotidiano y, créanme, hablo en primera persona pero estoy convencido que es algo que pudiera trasladarse a la generalidad.

Aflorarán en estos días sus virtudes y legado, ya reconocidos, en medios de comunicación y en boca de quienes le teníamos gran consideración y mayor cariño. Serán muchos quienes lloren la pérdida del autor, del creador de una seña de identidad de La Isla en su imaginería (el Berraquerismo), del hombre. Serán muchos quienes confirmemos lo que ya sabíamos hace tiempo: que Alfonso era un personaje, en mayúsculas. Una de esas personalidades ilustres solo por su forma de ser. Serán muchos, y será con razón y corazón.

No soy, quizás,  el más indicado para escribir, siquiera, unas líneas que sirvan de amoroso currículo, pues solo era uno más de sus muchísimas amistades; de esos que han tenido el honor y el placer de departir con él y embriagarse de su capacidad de hacer soñar con sus manos. Pero no podía evitar la fortuna que tengo de contar con este humilde espacio en Islapasión, para dar mi más sentida enhorabuena al cielo.

Sí, sí. ¿O qué suponen? Yo veo la cosa así:

<<–Perico, ¿estamos?

¡Cuando quieras!

–Ahí voy. ¡Al cielo, contigo!

Y Perico, con las llaves en su mano derecha volteándolas impaciente, le recibe a las puertas del Paraíso.

¡Anda entra, entra! Que está el Jefe esperando.

–No me digas. ¡Y yo con estos pelos!

Y ante la presencia tantas veces talladas de ese Dios hecho Hombre, su cara se ilumina –genio y figura...- y le dice:

Te he tratado tanto, que ya no me sorprende poder hacerlo en persona.

Y Dios, congraciándose con el ángel que tenía ante sí, se le acerca y le señala hacia el suelo mostrándole, a modo de ensoñación, el barrio de La Pastora una tarde de Lunes Santo.

Repican campanas, murmullos, sones romanos que se alejan por Santo Domingo y, de repente, la inconfundible melodía de un palio.

Pareciera que la plazoleta se iluminara de manera extraordinaria; como si la luz saliera desde dentro del templo hacia fuera. El resplandor bajo bambalinas tenía nombre de mujer valiente que no llora, una Rosa de Pasión.

Ya tenía ganas de conocer –dijo acercando su mano al imaginero- a la persona que ha vuelto a hacer pisar la tierra a la misma Madre de Dios>>.

Qué gocéis Allá Arriba de Alfonso.

Alfonso, te veremos en cada gesto de Cristo orando, presentado, prendido, con la cruz a cuestas, crucificado y resucitado. Te nombraremos en cada letanía del rosario de advocaciones de María. Qué obra más bella dejaste en nuestros corazones, hermano.

Descansa en paz.


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