¿Realmente se le da a la música y a la figura del músico/compositor el lugar que les corresponde? ¿O son ellos los que se desmerecen a sí mismos? Ésta es una de las preguntas que me hago  frecuentemente y que me deja muchas dudas al respecto…

Todos sabemos que cuando una Hermandad pretende encargar un nuevo paso para el Cristo, bordar un palio/manto para la Virgen, incorporar imágenes secundarias para completar el Misterio o realizar distintas piezas de orfebrería para su cortejo, se forman comisiones dentro de las Juntas de Gobierno que se dedican a estudiar todos los detalles minuciosamente. Primero, mediante reuniones de las propias comisiones,  debaten y establecen exactamente lo que quieren; y luego, buscan distintas alternativas de tallistas, bordadores, imagineros u orfebres de reconocido prestigio y contrastada calidad para que lleven a cabo el trabajo.

¿Creéis que cuando quieren una marcha propia para sus Titulares hacen lo mismo?… Lo más común, en estos casos, son los típicos comentarios informales de: “¡Qué, a ver cuando le compones una marchita a la Virgen!” Así te lo sueltan y se quedan tan anchos. ¿Os imagináis decirle estos comentarios a Manuel Guzmán, a Fernando Aguado o a los Hermanos Delgado?: “¡A ver cuándo te enrollas y nos haces un pasito para el Cristo!, ¡O me bordas los faldones del paso!, ¡O unos ciriales  “punteros” para los acólitos del Palio!… ¡Ya te daremos un cuadrito!”

Sé que mucha culpa de esto la tienen los propios músicos/compositores (que de todo hay) por no posicionarse, por no valorar su trabajo y defender las tantas horas de formación que les han llevado a obtener esos conocimientos musicales. Algunas veces se puede hacer como un regalo por devoción o por amistad hacia quien te lo ha pedido, pero no se puede tomar esto por costumbre o como tónica general.

Así que las Hermandades deben asumir y comprender que la música es un trabajo como otro cualquiera, y debe ser debidamente reconocido y remunerado.



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