No cabe duda que en el contexto de los actos programados con motivo de la reapertura de la iglesia de Santiago, que se iniciaron en julio pasado, el traslado de la Hermandad del Prendimiento de ayer fue la gran culminación; como se suele decir, con cierta cursilería pero absolutamente acertado en este caso, el gran broche de oro. 

Fue una fiesta cofrade y, también, en otros muchos aspectos porque quienes se echaban a las calles era el Prendimiento y el Desamparo. Lo hicieron como si de un Miércoles Santo se tratara, en sus pasos; Él, amparado por su olivo, sayones y San Pedro, excepto en detalles en el arreglo floral del misterio. El palio poco necesita para maravillar a todo el que lo ve: su clásica armonía y exquisito gusto en su concepción, ahora, afortunadamente, en proceso de restauración de orfebrería -ayer sacó restaurada la peana de la Virgen- y bordados. La gran celebración se vivió intensamente en unas calles abarrotadas de público, notándose la presencia de mucho foráneo que aprovechó para vivir en directo lo que es esta hermandad en procesión. Y es que el Prendimiento, dejando aparte la salida por el Vía Crucis de las Hermandades y en la Magna de 2000, no se ha dejado ver fuera de su fecha semanasantera. Como no podía ser de otra forma, al gran ambiente se sumó la impronta de un barrio y de una gente que se viste de gala cuando el Señor pasea por su añeja collación. Balcones vestidos de lujo, calles alfombradas, gente arreglada -jóvenes y mayores- como sólo lo saben hacer los que respiran en rojo y blanco. 

Es, en esencia y sea cuando sea, El Prendimiento. Saetas, fuegos de artificio, petaladas y un sinfín de propuestas a pie de paso, en cierros, balcones y azoteas. 

No faltaron, como tenía que ser, los momentos flamencos. En la calle dedicada a un santiaguero de leyenda, Moraíto Chico, se reivindicó el compás genuino del Arco. Volaron al aire de la agradable tarde y noche versos en forma de plegarias desde La Victoria. Allí se vivió un momento sublime con La Soledad situada casi afuera de las puertas del templo y sobre la mesa del paso de la Merced ; hubo pétalos coloreando el cielo y plegaria al Desamparo. Se cubrió de sales coloreadas toda la calle Merced para que sirviera como preciosa antesala a la visita a la Patrona. En los balcones se vieron, una ocasión más en la ciudad, las colgaduras con las letanías a la Virgen propiedad de la Hermandad de la Amargura de Sevilla. En esa calle viven los peñistas de Tío José de Paula donde Joaquín el Zambo rasgó el aire con ecos gitanos. Casi enfrente, en la casa del Prendimiento, más saetas bajo las guirnaldas que adornaban los altos de la vía. 

Para rememorar tiempos pretéritos, un escuadrón a caballo del Cuerpo Nacional de Policía, hermano honorario de la corporación desde 1974, abrió el cortejo desde la calle Armas de Santiago; un cortejo que no fue todo lo numeroso que podría esperarse, algo excusable y lógico, los hermanos querían estar cerca de sus pasos. Las hermandades de la parroquia, las del Miércoles Santo además de otras venidas de otras localidades, se integraron en las filas en cuya presidencia los oficiales de la hermandad acompañaron al obispo. 

La procesión tuvo un recorrido que no se salió de la collación de Santiago. Los pasos transcurrieron por calles en su mayoría inéditas para ellos, creando una extraordinaria atmósfera en vías como Nueva y Cantarería, cuyas estrecheces fueron absolutamente incompatibles con la muchedumbre que quiso vivir el precioso transcurrir de la hermandad por estos lugares. Lo musical, que ayudó y mucho, fue otro ingrediente de calidad. Se estrenó tras el paso de misterio la banda de San Juan Evangelista, más conocida como la juvenil de las Tres Caídas de Triana, que, al margen de la calidad interpretativa que derrocha, cuenta con más de un centenar de componentes. Para la procesión de ayer se sumaron a la formación algunos músicos de la banda grande. Esta banda volverá el Miércoles Santo tras el Señor. Tras el paso de palio hizo un magnífico papel, como siempre, la banda de la Hermandad del Nazareno de Rota, que desplegó un repertorio muy acorde con el momento y el propio espíritu de la cofradía. Preciosa la salida con la marcha Desamparo. 

Bajo las trabajaderas, los capataces de ambos pasos igualaron dos cuadrillas largas en cada uno, dándose la circunstancia de que antiguos costaleros del Señor y de la Virgen se volvieron a amarrar sus molías ante tan excepcional ocasión, por lo que no fue extraño ver rostros metidos en años saliendo de debajo cuando tocaba relevo. 

Orgullo de barrio, de una gente y de una forma de ser genuina de este rincón de Jerez. Lo sucedido ya forma parte de la historia cofrade. No cabe más que agradecer el esfuerzo de muchos por engrandecer una tarde y una noche mágica en torno a unas advocaciones que saben a lo más jondo del devocionario cofrade jerezano.

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