Iniciamos nuestra colaboración con esta web cofrade, mostrando nuestro sincero agradecimiento a su administrador por la confianza prestada para que periódicamente vierta en esta columna mi opinión personal sobre determinados aspectos relativos a nuestra Semana Santa y acerca del papel que nuestras HH. y CC. realizan en lo que ha venido a denominarse la Religiosidad Popular.

Y entrando en materia, intentaremos apretarnos nuestro particular fajín de esparto y reflexionar sobre la actitud de lo que muchos consideran el verdadero Patrimonio de nuestras corporaciones: el humano. Podríamos decir que, con la denominación de hermanos nos referimos a las personas que forman parte de una Hermandad o Cofradía. Aludiendo al elevado número de hermanos globales que ostentan nuestras corporaciones penitenciales, muchos han intentado ver la grandeza de nuestra Semana Santa llegándola a considerar incluso como una de las más importantes de la geografía andaluza. También nuestros gobernantes locales ven en este hecho un factor determinante para apostar por lo cofrade en detrimento de otras políticas verdaderamente culturales. Afortunados unos, desafortunados otros…

Pero, realmente ¿qué es un hermano para una Hermandad? ¿Es simplemente alguien que paga su cuota de pertenencia mensual, trimestral o anual? ¿Es hermano aquel que una vez al año procesiona cuando la Hermandad se convierte en cofradía? ¿Es hermano aquel que asiste a un cabildo alineándose con una determinada postura sin atender las razones de la parte contraria? ¿O es hermano el que ni siquiera asiste a dichas asambleas? ¿Hermano es aquel que va a los distintos cultos internos que organiza la Hermandad a lo largo del año? ¿Es hermano el que siempre tiene una palabra de cortesía y tiempo para prestar su colaboración a favor de la hermandad? ¿Es hermano aquel que lleva por bandera el misterio y la advocación de sus titulares, ejerciendo durante todo el año como propagador del mensaje evangélico de Jesús? Son preguntas que me surgen cuando observo los comportamientos de esa amalgama de personas que con distintos intereses y necesidades –espirituales o mundanas-, forman ese collage heterogéneo que son nuestras hermandades y cofradías. Y la respuesta es sencilla. Todos son hermanos, pero también lo fueron Caín y Abel…

Y como siempre, cuando uno empieza a cuestionarse todo, las respuestas llevan a más y más preguntas… ¿realmente los dirigentes de una cofradía se deben a la voluntad de toda ese conjunto de hermanos? Si la respuesta es afirmativa y se tiene que gobernar para todos, ¿por qué en ocasiones esos hermanos no cumplen con sus obligaciones? ¿Por qué no  asisten a los cultos internos, o se llevan años sin vestir la túnica en Semana Santa? ¿colaboran con las campañas que llevan a cabo las vocalías de caridad? ¿se preocupan verdaderamente de la labor evangelizadora de la Hermandad y asisten a los cursos de formación? ¿se preocupan por el mantenimiento o engrandecimiento del Patrimonio Artístico? ¿A esos hermanos les importan realmente la línea de cofradía de esa corporación? A todos ellos… ¿se les podría verdaderamente considerar hermanos?

Desgraciadamente son pocos los que en cada una de nuestras corporaciones viven la hermandad 364 días del año, en comparación con los que se acuerdan de su cofradía un solo día. Y es que al final ¿vamos a tenerle que dar la razón a esos curas que han predicado en tantos y tantos cultos de nuestras hermandades cuyo guión argumental en las homilías se basaba en que éstas parecían más una peña de amigos que una verdadera asociación de fieles de la Iglesia?