Yo no lo entiendo. Días de camino, de sarao a la intemperie, de bebercio y comercio con barra libre, de cantes por sevillanas, por fandangos y por castigo.

De verdad que no lo entiendo. Que te cuelgas la medalla y ya no eres ese serio abogado, ni un adusto médico, sino que eres uno más entre esos que calzan botos con denominación de origen de Valverde, y al camino; que te calas el sombrero con la cinta que indica que eres un guiri de pueblo o ciudad que vagas por un desierto de pinos, ríos y arenas buscando llegar a un rincón perdido con los mismos paisajes que hasta ahora has recorrido..

Que no me lo explico. Sudando, con los pies suplicando las zapatillas que les den alivio, con el cuerpo que hace de las piernas corazón y estas que rezan para que se acabe el suplicio que el cerebro –cruel señor- enmascara con celestiales delirios.

¡Nada! Que era incapaz de descifrarlo. Que cuando se llega a aquel poblado, como un forastero en las películas aquellas del Oeste americano, mordiendo el polvo y acompañado de carruajes y caballos, queriendo encontrar el descanso, los días siguen siendo largos y en las noches no hay letargo. Y vengan cantes, y vengan pitos, tamboriles, y bailes, y ellas se ponen más guapas y ellos más pertrechados. ¡Que siga la fiesta, que esto no ha terminado!

¡Madre mía de mi vida! ¿Y esta es la devoción? ¿Esto es vivir la fe? ¿¡Así se reza al Divino Pastorcillo y a la santa Madre que lo parió!? ¡Venga ya! No venirme con historias de marismeña pasión. No creo en el populismo de estado, me voy a tomar en serio el de la religión.

¡Viva la divina Pastora! ¡Viva la Blanca Paloma! ¡Viva la Virgen del Rocío! – me despertaron los gritos, las salvas, las campanas, y un olor de esos de mayo, de mes de las flores que se regalan a María, invadieron mis sentidos. Allí estaba, tan grande Ella; ahí estaba, tan pequeño yo.

Miraba a mi alrededor y solo veía rostros iluminados, susurros de oración, ojos que hablaban, unos en lágrimas otros en ilusión; se oían salves y loas y el murmullo era atronador. Ya no pesaban los fangos, ni la lluvia torrencial agotaba; no dolían los brazos de empujar a las carriolas que se quedaron atrapadas en aquellas arenas tan recitadas que hoy fueron movedizas trampas.

Todo un año aguardando para esto: para que la fe mueva las montañas que permanecen inamovibles en una sociedad que, dicen, cada vez cree menos en Dios.

En mis pensamientos ignoraba lo que solo podía conocer mi corazón. Rocío es un rezo de la alegría, una salve que se canta desde donde quién sabe el porqué de ese fervor. Rocío es la gota que se basta por sí sola para saciar la sed con que lo cotidiano nos quemó.



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