Digamos que soy articulista ocasional y, como tal, no tengo columna diaria. Digamos, que tampoco me gusta abusar de las ventanas de opinión que tengo abiertas gracias a Isla Pasión y a Letra Libre, en Sevilla, porque más vale poco y útil que mucho y vacuo; pero el pasado domingo leía con satisfacción que en San Fernando se ha inaugurado un monumento que, a priori, se me antoja singular, y no quería dejar pasar la ocasión para poner mi granito de arena a esta circunstancia.

La Isla se ha adelantado a la mismísima maquinaria cofrade hispalense en honrar la figura -en este caso- del cargador. Entiendo que el homenaje se extiende hasta aquellos hombres asalariados que, por unas perras gordas, hacían andar aquellos humildes altares con las devociones del pueblo sobre ellos; incluso diría que este honor va más allá todavía.

Seré sincero. Soy de los que piensan que éste -el cargador- es un elemento humano más del trasfondo religioso y cultural dentro del ámbito de las hermandades; nunca he entendido que deba tener mayor protagonismo que el de ser pies de aquello que porta. Pero yo también lo he sido y, para sincerarme doblemente, he de comulgar con que, además, son alma y sentimiento.

No serán pocas las voces y tintas que se desborden en opinar este curioso hecho. ¡Seguro! Porque el ser cargador, qué les digo, no es comprensible para muchos.

¿¡Destrozarme la espalda por llevar a un santo!? ¡Tesquiyá, rebaná!

A este comentario -que no pasa de ser lego- compleméntenle aquellos que basados, o no, en críticas (¿constructivas?) se derramarán, sobre todo, en las redes sociales. Ya leí en una página de Facebook local a una ciudadana que decía que <<hay que ver. Poner un monumento tal, y el paseo marítimo (esa ironía fina de esta ciudad) destrozado>>.

¡Pues tenía razón esa vecina! La llevaba en cuanto a reclamar el lamentable estado de aquel desolado logar a orillas del Sancti Petri.

Pero no será el único y, con seguridad, me atrevo a augurar que, por desgracia, ese solitario niño de ilusiones bronceadas en un Domingo de Ramos, será objeto de escarnio por las hordas vandálicas que, con alevosía, atacan sin piedad ni consideración nuestro acervo patrimonial.

Pero miren, no voy a enfoscar de discusiones este tragaluz con los que no contemplen esta obra con buenos ojos; sobre todo en esta época de desacralización y laicidad que se nos ha echado encima donde, al parecer, cualquier elemento religioso parece sacar los demonios que los no creyentes (algunos, pero no pocos) llevan dentro. Porque, señores, ser laico -como no serlo- también entra dentro de la opción personal.

No. No voy a entrar en contrariar a los que piensan -y me consta de primera mano- que carga y patrimonio son incompatibles, atendiendo a una ceguera ideológica o académica.

Tampoco voy a ocuparme de los que consideran que el ayuntamiento debe desocuparse de estos eventos.

Solo voy a expresar, como ya hice en mi artículo para este medio, <<Marca La Isla>>, mi humilde parecer. Pues, parece ser, que con este infante de dura almohá se pone punto y seguido a un reconocimiento que sí, que forma parte de nuestra idiosincracia; de nuestro ser popular -eso de lo que tanto gusta hoy a algunos en abanderarse-.

¿Hay algo de malo en reconocer que, como las tortillitas de camarones -y hasta la de patatas-, la hora en España, un importante observatorio astronómico, la proclamación de soberanía nacional con la constitución de las Cortes de 1810, una leyenda del flamenco, un ecosistema característico, un panteón único, unos nada irrelevantes yacimientos arqueológicos, una de las pocas playas naturales de Andalucía, una joya mitológica frente a nuestra costa (todo ello <<en proyecto de>> desde yo que sé, para reactivar, revivir o inaugurar nuestro dormido, muerto o desconocido turismo), el arte de hacer andar a Cristo y a María en La Isla es algo tan particular, tan inherente al isleño, que merece por ello su rinconcito en nuestra Historia?

¿No es un signo inequívoco el vendedor de bocas y camarones, que hasta en la plazarrey se ha quedado su planta para su perenne recuerdo? ¿No es el salinero enseña, que tan a gala se lleva, que no nos resignamos a postergarlo aunque las salinas no sean más que un reducto nostálgico? ¿Acaso aquella Lola que da la espalda a la bahía que la vio partir y dejó a La Isla sola, no nos representa más allá de las lindes cañaillas?

¿Por qué no el cargador? Antaño, oficio extraordinario para sacar adelante, con no poco sufrimiento, las ya sobrias economías familiares de la clase más humilde que moraban por estos barrios.

<<Probar maera>> se ha convertido, desde hace ya bastante, en un acto voluntario a los que, quizás por moda, muchos jóvenes que vivíamos con expectación el mundo cofradiero nos unimos en nuestro afán de vivir una experiencia diferente, a costa del abnegado padecimiento de muchas madres y, porqué negarlo, el orgullo del padre que sin obligar ni achuchar al muchacho -quede claro-, veía como el joven marchaba con ilusión y nervios con aquella bolsa blanca, asida con fuerza, con los útiles de su postrer función bajo los palos.

¿Cuántas generaciones no se habrán encontrado allá, donde desde la oscuridad se mece a la Luz y el olor a humanidad desaparece al contacto con el incienso?

Si en estos últimos tiempos en San Fernando nos hemos movilizado por defender nuestra esencia, ahora que el paisaje que abarca nuestros ojos desde la Venta de Vargas hasta La Ardila es tan impersonal como aséptico; por enarbolar la bandera de preservar nuestra herencia dejada en antiguas y abandonadas piedras; por rescatar ese legado, apartado con impunidad por décadas de desarraigo o desprecio de las instituciones... Digo yo. ¿Por qué no sentirnos satisfechos de poseer, además, un patrimonio inmaterial que no solo no decrece, sino que se regenera y es capaz de hacer vibrar masas sin necesidad de hablar, sin más discursos que la voz de un solo hombre y sin más golpes que el de un llamador?

Me decían, ajenos a este sentir, que existen otras prioridades mucho más importantes de ser cubiertas que este último acaecimiento; pero, queridos amigos, se quiere retirar el monumento ecuestre del general Varela y el azulejo del Sagrado Corazón del edificio consistorial; uno -dicen- atendiendo a una controvertida Ley de Memoria histórica, y otro porque -inciden- quieren recuperar el aspecto original de la citada construcción.

Pues eso...