Al mundo cofrade puedes llegar de varias formas. Y una de ellas es la cuna. Desde pequeño nada te es ajeno, al revés llevas algo en tu ADN que huele a incienso, a rezos de rosarios o al sonido rajado de una corneta. Uno ve normal que, sea la estación del año que sea, en cualquier momento puede surgir en una conversación un tema cofradiero. Aprendes a rezar mirando un cuadro o una estampa, y aunque sepas que solo hay un único Jesucristo y su madre es sólo una, ambos pueden tener mil caras y advocaciones, si bien te sientes más cómodo y reconfortado si le rezas a una en concreto. No tienes poder de elección, no te preguntas por qué tu eres de esa hermandad. Cuando seas mayor, por amistad o porque encuentres otra devoción a la que amar podrás optar a ser hermano de otra cofradía, pero la de la cuna, esa siempre será la tuya. Y en mi caso, eso huele o madera de olivo, a oraciones arrodillado en una piedra y a una madre que inspira esperanza porque está llena de Gracia. Y también a anunciar la palabra de Dios imprimiéndole a toda la actividad cultual un carácter alegre y gozoso.

Soy de hermandad de barrio pero me hago mayor y siento que cada vez disfruto más con una iglesia a oscuras con la única iluminación de las velas de un altar; con el sonido infinito del silencio o con el peso de una cola recogida en la mano mientras en mis manos se suceden las cuentas de un rosario. Dicen que un cofrade se hace maduro cuando comienza a apreciar todos aquellos detalles que envuelvan la liturgia en la que se convierte una hermandad de negro tanto en sus cultos internos como en los externos. El recogimiento, la seriedad, el silencio o el rigor están siempre presentes en cada acto que este tipo de corporaciones penitenciales llevan a cabo.

Algunos dicen que una hermandad de negro no es sinónimo de nómina de hermanos escasa. No lo discuto pero al menos en nuestra ciudad las que tienen esta filosofía no son las que presentan en la calle un cortejo amplio de hermanos. Más bien al contrario. Ahora bien. Cantidad no siempre es igual a calidad. Y, por desgracia, en el caso de nuestra Semana Santa que vistan la túnica 400 o 600 nazarenos no quiere decir que todos ellos estén haciendo una verdadera estación de penitencia. Ojo, que revestirte con una túnica de color negro ya sea de sarga o de ruán tampoco. Pero el negro imprime carácter; un carácter en el que la soledad se adueña del nazareno anónimo que con su cirio al cuadril reza en silencio.

Es otra forma de gozar de una estación de penitencia. Pero miras a tu alrededor y los que están en la acera no lo aprecian. Siguen con sus chascarrillos, con sus aplausos tras una saeta, cuando el silencio hubiese sido el mejor reconocimiento. Siguen sin respetar y lo peor, sin saber qué es lo que están viendo y cómo comportarse. Al público isleño le hace falta madurar en negro, disfrutar con ese tipo de cofradías en la calle, desde el tañido de la campana del muñidor hasta el preste, porque hay mil detalles para sentir y disfrutar...en silencio y soledad. Algo que, desgraciadamente, también parece que no se aprecia en los de abajo. En nuestra bendita Isla del cortito y a las bandas, el ir de frente en silencio con -o sin- arrastrar los pies parece que no llena. O al menos no llenan las trabajaderas. Ojalá pudiésemos también madurar en negro debajo de los pasos y que se consolidaran este tipo de cuadrillas para que situaciones como las vividas en esta última semana en el barrio del Cristo no sucediesen, porque seguro que para sus responsables no ha sido fácil tomar esa decisión.   


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