Leía hace poco un artículo de Antonio Burgos para ABC donde hacía un fidelísimo retrato de la actual Navidad en la capital hispalense; calles atestadas, colas en comercios y atracciones que se han dispuesto para que la algarada no cese en estos días que ya se viven como la propia celebración, y allá, bajo el plateresco arquillo del ayuntamiento, donde Sevilla hace parir a María, no se detenía ni una triste mirada curiosa, ni un atisbo de muchedumbre aguardando.

Me hago eco de esa imagen plasmada en el papel de un periódico y lo traslado a San Fernando. Este año, como no hacía desde hace algunos, las principales vías y plazas se han alumbrado de la alegría y, por qué no, de la nostalgia que estos días que se aproximan nos concitan. Los adornos no han dejado indiferentes a nadie; por una vez, la luz se ha adueñado de esa triste Isla que, al anochecer, se transforma en desconsuelo para el alma del cañailla que observa como si toda la ciudad echase el cierre. Hasta un vídeo se he hecho que ha logrado acaparar la atención de los medios de comunicación.

No se han enfocado mal las cosas este año al respecto. Una navidad para crear ambiente entre los isleños y, de paso, atraer al foráneo; que no solo Semana Santa y feria orlan a esta tierra. Chapó por el buen tino que para 2015 ha tenido el gobierno municipal que, por otro lado, es un cosqui al que estuvo. Las cosas como son.

Fluye al fin la vida por las venas de este cuerpo frío, que es La Isla; esa necesaria energía para que su corazón palpite. La gente se echa a la calle con ganas de disfrutar, de hacer bueno el mensaje lanzado del ¿por qué aquí no vamos a tener unas fiestas como Dios manda? Hasta Papa Noel ha alargado su itinerario habitual hasta la misma plaza de la Iglesia, donde se ha instalado con toda su parafernalia, y recibe a los ilusionados niños que, a ellos qué más les da, les entrega sus sueños e ilusiones en irregular letra.

Llámenme melancólico, pero yo echo de menos aquellos soportales de “La Perla”, o la tribuna que se colocaba al efecto en la calle Rosario –igual que en los días santos del incienso y el azahar-, con la regia figura de Sus Majestades, los Magos de Oriente. Por entonces, el orondo señor de la barba blanca, era mera franquicia americana y, por nuestra parte, nada hacía pensar que fuese a calar tan hondo en estos lares de profundas y ancestrales tradiciones. En fin…

Este año vuelve la algarabía entre luminarias, atracciones y demás actos previstos para que, en este enorme estero que pisamos, sea un espectáculo. Todo un efecto de marketing navideño que a la mayoría ha contentado, reconozco que incluso a mí, y de ello me hacía eco en mi perfil de Facebook; podría decirse que me dejé llevar por ese espíritu conciliador.

Y este terminó contagiándome.

Aún no ha empezado la verdadera celebración y ya nos volcamos en los preparativos porque, si algo tiene lo que debe llegar, es que nos hace partícipes a todos de alguna u otra forma. Puede ser que, para no pocos, estos días sean farisaicos, pero guardan el íntimo sentimiento de lo familiar. Quizás por eso, paseando en soledad a pesar la muchedumbre, mis pensamientos se disipan en el recuerdo, y me viene alguna escena de aquellas que, ojalá, pudiese volver a revivir. Me sonrío como si fuese un loco y, ni los villancicos ni otros argumentos musicales, me sacan de mis adentros, y no será porque no haya motivo para ello.

En fin, me suele ocurrir bastante este ensimismamiento. Cuando regresé en mí, estaba cerca del Callejón de la Soledad, apartado sin estarlo del fragor y el éxtasis festivo de quienes me rodeaban; de soslayo miré hacia un rincón que me resultó llamativo por su oscuridad. Allí se había aposentado un matrimonio que no llamaba demasiado la atención; ella parecía cansada, él triste. Algo les pasaba. Miré al frente y nadie parecía haberles visto llegar; tampoco me pareció extraño.

La historia se repite dos mil años después. A esta Belén salada, ensimismada con sus luces, han llegado un tal José y una tal María, y se han resguardado allá donde han podido, o les han dejado. Pero allí, en ese hueco frío, desangelado y sombrío nacerá el Niño que algunos estamos esperando.

He oído decir que carece de sentido –e incluso que ha habido alguna doble intención- al situar  el Nacimiento en aquella apartada esquina, tras la cancela de la Iglesia Mayor. Pues qué quieren que les diga… Opino que no les falta razón, como cristiano que soy, pero solo hay que fijarse que todo está volviendo a ocurrir, igual que hace dos milenios.

¡Feliz Natividad del Señor!



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