Siempre me ha llamado la atención la facilidad y ligereza con la que, por regla general, se utiliza el término “cofrade”. Parece que para ser tratado como tal y recibir dicho calificativo se considera suficiente el formar parte de la nómina de hermanos de cualquier hermandad, integrar las filas de algún cortejo procesional en Semana Santa o demostrar cualquier vinculación, por mínima que sea, con el mundo de las hermandades y cofradías.

  Pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez en qué consiste realmente el ser cofrade? ¿Es una afición, una vocación o simplemente una moda?

  De entre todas las definiciones que existen de este tan manido término, me quedaría con la propuesta por el recordado y conocido historiador sevillano Juan Carrero, publicada en su “Diccionario Cofradiero” y que es la siguiente: “Persona que pertenece a una cofradía y ha de practicar apostolado en el propio ambiente en que se desarrolla, por poseer un hondo espíritu de fe. Sin ésta fe no se puede actuar en una Hermandad. Ha de conocer los distintos órdenes de estilo y los apropiados a su cofradía, y saber cómo se ejecutan las obras que se encargan en la variedad artesana, poner altares, y andas y llevar la administración de la misma. Es, en fin, el que se entrega en los esfuerzos y sacrificios de afanes e ilusiones a la cofradía”.

  Según esta, a mi juicio, acertada definición de lo que se podría llamar “cofrade ideal”, para poder ser considerado como tal no sólo bastaría con pertenecer a ésta o aquella hermandad, sino sería necesario reunir una serie de condicionantes tales como el poseer una sólida formación cristiana, ejercer esa labor de apostolado tan necesaria en nuestros días, y ser conocedor de las variadas tareas propias y cotidianas que se realizan en el seno de cualquier cofradía a lo largo del año.

Por tanto, ser cofrade no es tan fácil como a veces nos intentan hacer ver pues sólo se consigue a base de sacrificio y trabajo desinteresado y aún así, no son muchas las personas capaces de reunir las premisas antes mencionadas.

Pero esto no debe hacernos caer en la desilusión si no servirnos de estímulo a todos los “aspirantes” a cofrades que formamos parte de una hermandad para esforzarnos cada día en lograr alcanzar este modelo con lo que, a buen seguro, conseguiremos ser mejores cristianos y mejores personas.

La empresa no es fácil, pero el esfuerzo merece la pena y nuestras hermandades serán las grandes beneficiadas.

Feliz Navidad.