Marcos contaba con apenas cinco años de edad. Un niño como cualquier otro, dispuesto a hacer valer su presencia. Vivaracho y cordial. Tozudo y concienzudo. Un niño, como muchos, dispuesto a crecer según sus convicciones que, a esa edad, basaba en lo que veía.

Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía con una seguridad apabullante:

Quiero ser como mi padre: ¡Cargador!

La contestación del pequeño dejaba sin palabras a los oyentes, pero con una sonrisa inesperada y sincera.

El jovencito, como si fuese una eterna reserva, cumplía con la liturgia de debajo de los palos como si hubiese nacido con la lección aprendida. Ensayaba levantás a pulso bajo un cajillo de cervezas que se había apropiado en el bar de su tío. Tenía claro que él sería como ese espejo donde reflejarse; aquel hombre que le parecía un gigante al que admiraba, respetaba e imitaba.

El frío de enero no era impedimento para el pequeño que acudía con su padre a los ensayos de la cuadrilla, coincidiendo con los fines de semana. Observaba con paciencia los preparativos; cómo el capataz mandaba con voz firme; cómo los cargadores se afanaban en cumplir con el ritual de la oración hecha a golpe de martillo.

¿Y aquellas andas…? Desnudas de cualquier aderezo. Madera y esfuerzo, sin ocultar los rostros sufrientes del peso. La esencia del sufrimiento admitido por propia voluntad; la extenuante representación de la fe. La génesis de la devoción: el madero.

Las puertas del almacén, donde se resguardaba tal tributo al sacrificio, se abrieron con la misma consideración que lo hacían las de la parroquia cada tarde del Viernes Santo. El mismo viento gélido, como solía ocurrir en aquel día tan esperado, los  acompañaba también. Los cuerpos, tensos por la emoción de volver a tomar el pulso a la orden del primer toque de llamador. El segundo. El tercero, y con la compostura de quien sabe la seriedad del momento, el capataz ordena. Los primeros pasos racanean sobre el terreno. El crujir de aquél armazón, venerado altar de un solo día, erizaba más la piel que el aire helado que entraba presto al interior del insólito templo.

Solo una voz se escucha bajo aquel peso. Parece sonar a tambor templado, a tañido, a respeto. Andares de luto. Música para una muerte: silencio.

Marcos se aferra a uno de aquellos que se quedaron fuera esperando su momento. La calle se llena de curiosos, de niños que acuden como las moscas a la miel mientras, en el dintel del viejo almacén, va asomando aquel simulacro del dolor por mandato romano. El vacío de la escena sobre el esqueleto que es llevado al compás parece no tener importancia, y se adivina sin estar un calvario de lirios morados, un pretorio, una calle de la Amargura, una zancada, un costado herido, una sentencia, una presentación, una oración en el monte de los olivos…

La imagen engaña al espectador que cree oler a incienso, al humillo de los pabilos recién encendidos, que imagina escuchar el toque monótono del cirio con el suelo. Y de nuevo ese estertor del quejido de la madera sobre los cuellos, lo despierta del sueño.

Arrastrando los pies. ¡No hay bandas! –reverbera en las paredes de las antiguas casas. No es una estentórea y pintoresca ordenanza, de esas que tanto se reflejan en la Semana Santa marcando la tradición del momento. Es un aviso quedo. Una voz profunda. Un golpe seco sin levantar el metal.

El niño mira con curiosidad, aunque nada le sabe a nuevo. Un escalofrío por su menudo cuerpo mientras la desguarnecida parihuela avanza, silente, sin acordes que la acompañe, porque así ha de ser.

Se le alumbra la mirada al descubrir a su padre bajo ella, que con la mano le hace señas, soltándose raudo del eventual acompañante. La emoción, a veces, se refleja en un simple gesto, y aquel apretón era la muestra elocuente de ello. Marcos, sin duda, se convertía, por el mero simulacro vivido en el legado de una tradición, de una fe. ¿Y qué hay de malo en ello?

En esta época que nos ha tocado vivir no hay nada nuevo bajo el sol. Nada, por mucho que nos sorprendamos de las cosas. En estos tiempos de libertad fingida, de respeto simulado y de medias tintas según el color con el que nos revistamos, todo lo que suene a religión es discutible, incluso absurdo. Irrisorio hasta el punto de ser reprobable si, como hoy se defiende, se atenta contra la laicidad que debe gobernarnos.

Nada de imágenes sagradas (que representa el sentir de una gran parte del pueblo) con honores civiles. Nada de asistir a actos litúrgicos con el galón de cargo público. Nada de conceder subvenciones, que hay que usarlas para otros menesteres… Y qué les digo ¡Que ole! (sin acento en la e, que suena más castizo). La devoción no necesita condecoraciones, ni que el edil de turno pasee sus gracias bastón en mano, saludando a diestra y siniestra con la sonrisa de “hola, pues nada, pasaba por aquí y…”. ¿No hay dinero para las hermandades? ¡Muy bien! ¿Repercutirá en otros beneficios para el pueblo esa cantidad nimia que se les atribuye? ¡Bendito sea Dios!

Marcos, ese niño que quiere ser de mayor como su padre, representa la realidad no impuesta, sino experimentada, de la fe. Sin embargo, bajo el latiguillo de laica, nos quieren malvender lo absurdo. Celebraciones de incontestable contenido religioso quieren convertirlas en meros acontecimientos festivos, vacíos de significado. Ahora que se acercan las navidades, Sevilla y su programación cultural prevista, exenta de cualquier afecto a las fechas que se vivirán; Barcelona y su “bienvenida al solsticio de invierno”; Madrid y su Belén atrincherado en Cibeles (aunque la alcaldesa acudirá al Januca judío que se celebrará por todo lo alto en sus calles). Colegios, como aquel en Italia, que han anunciado que renunciarán a celebrar los tradicionales actos de estas calendas, unos por no ofender (sic) a sus alumnos musulmanes unos, y otros porque consideran –como es el caso de una escuela de Umbrete (Sevilla)-, que su condición de institución pública es suficiente motivo para pasar de las mismas.

¿Cabe tanta estupidez? Se pretende desacralizar lo sagrado en pos de una laicidad de chichinabo. Y aún dirán que ha triunfado la razón.

¡Para que luego digan de las guerras santas! ¿Y las guerras laicas? Sí, sí… No me miren como a un loco.

Gracias a Dios, aún existen muchos Marcos que, sin obligación ninguna, caminan de la mano de sus padres con la justa medida de un paso corto y a las bandas. Así es la fe.