Lo ocurrido en Écija tardará en olvidarse. Por las expectativas generadas a lo largo de las semanas previas, que iban aumentando conforme se acercaba ese 11 de octubre marcado en rojo en el calendario de los cofrades, por la gran cantidad de personas que se desplazaron hacia la ciudad y por la propia ilusión que albergaban en el seno de todas las hermandades y agrupaciones que iban a participar. Se estaba preparando todo con ganas de agradar, con ganas de celebrar el cuarto siglo del Voto Concepcionista con un acontecimiento a la altura de una efeméride de tal magnitud, y no iban a dejar que nada impidiese que la Magna Mariana llevase el fervor mariano por las calles astigitanas. Ni el desbordamiento de la Carrera Oficial, en la que la organización se vio un tanto sobrepasada por la marabunta de gente, ni la archienemiga de las salidas procesionales: la lluvia.

A lo largo de la mañana, los ojos se paseaban de los templos, abiertos para recibir a todos los visitantes que quisieran un anticipo de lo que iban a contemplar, a los móviles y redes sociales, en busca del último parte del tiempo, y por último, al mismo cielo, que amenazaba con chubascos dispersos durante la mañana. Entre esta incertidumbre, las hermandades se reunieron para decidir si se arriesgaban o no, pues se preveía que retrasando una hora la salida del primer paso se encontrarían con luz verde para una Magna plena. A última hora, la Hermandad del Valle, la de la Patrona, anunciaba que saldría una hora más tarde para poder presidir el cortejo en la Carrera Oficial. Tarde, pero se saldría. Esta decisión fue vital para que usted esté leyendo una crónica de la salida en lugar de un recorrido por los templos en los que se quedaron las Vírgenes, porque si la Patrona decidía no salir, el negativo efecto dominó condicionaría a todas las demás. Justo cuando se anunció esto, el cielo pareció captar el mensaje y descargó con rabia toda la lluvia que tendría preparada, pues media hora antes de la salida definitiva, se abrieron los cielos. Y a las cinco menos cuarto, la Magna Mariana comenzaba con la salida de Nuestra Señora del Valle Coronada en su imponente paso de plata de ley.

El tiempo retrasó la salida

A partir de ahí, las Vírgenes de Écija comenzaron a salir, cada una a su hora, pues el retraso de la Virgen del Valle no alteró el resto del horario. María Auxiliadora, María Santísima de la Alegría y Nuestra Señora de las Lágrimas iban saliendo sin problemas, cada una arrastrando a un numeroso grupo de espectadores. Todo hacía presagiar una tarde gloriosa. Tan bonito estaba saliendo todo que las emociones no tardaron en salir: lágrimas por aquí y por allá… y ni el cielo pudo contenerse cuando Nuestra Señora de los Dolores de la hermandad de Los Gitanos asomaba por las puertas de Santa Cruz. Un chaparrón repentino y furioso obligó al cortejo a regresar al templo, entre los aplausos de los asistentes y la repentina preocupación por las que ya estaban fuera. ¿Regresarían? ¿Estarían muy dañadas? Sin embargo, la lluvia llegó tal como se fue, y, siguiendo con el horario establecido. La Magna vencía una nueva batalla contra el tiempo.

Durante el transcurso de tres horas, la devoción mariana se desplegó por las calles ecijanas, dejando imágenes tan emotivas como el encuentro entre las Lágrimas y la Virgen de los Dolores de Santiago, o la entrada en Carrera Oficial del Simpecado del Rocío con sus tamborileros. Pero, a las nueve de la noche, sabiendo que la jornada iba tocando a su fin, algunas nubes traicioneras volvieron a dejar caer algunas gotas de lluvia. Pero la Fe se imponía, y al paso de su representante mariana en la Carrera Oficial, el agua arreció. Después, solo quedó la certeza de que el 11 de octubre de 2015 se convertirá en una fecha sonada en este rincón de la provincia de Sevilla.

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