Las grandezas y miserias de la religiosidad popular. Aquella que no entiende de catequesis, aquella que busca la intermediación directa de la Divinidad a través de un objeto material -como es una imagen-, sin necesidad de que en ella participe el aparato organizativo y/o jerárquico que oficializa y da sustento, ideología y canon a la religión. Es aquella en la que el cristiano da muestras de su inferioridad ante Dios, cuando,  azotado por la inestabilidad, debilidad o dolencia... hace una encomienda, una plegaria, una ofrenda (física o inmaterial)... buscando la intermediación divina para que se cambien las tornas y se encuentre la felicidad, la salud o la estabilidad en esta vida.


Do ut des que dirían en la antigua Roma. Como si de una religión a la carta, como si de un pacto privado que en lo más profundo de nuestro ser habríamos firmado de forma personal e intransferible con el ser al que le debemos la vida. Así nos comportamos de forma cotidiana en nuestros rezos y plegarias cuando aprestamos con fuerza esa estampa que tenemos arrugada de la imagen en la que depositamos todas nuestras esperanzas, o cuando miramos al cuadro que preside nuestra alcoba y en el que vuelve a aparecer esa imagen; o cuando nos acercamos a la iglesia y aunque esté Jesús Sacramentado presente en el sagrario nos dirigimos al altar de esa imagen y la miramos y a través de ella nos acercamos a Dios.

Y en esa conversación privada, pocas veces damos gracias, son más las que pedimos y prometemos y de eso somos buenos conocedores los cofrades de hermandades penitenciales que vemos como en la semana mayor se multiplican las manifestaciones públicas de devoción hacia nuestros titulares, revistiéndose en muchos casos esas personas con el hábito penitencial por cumplir una promesa. Una promesa que no viene a ser más que ese pago del ser mortal al ser divino como cumplimiento a un pacto privado que se ha gestado sin intermediación de clero alguno.

Toca una revisión seria. Eso nos han dicho desde la jerarquía eclesiástica. Pues nada, habrá que pedir cita para hacernos un chequeito. Lo malo de hacernos esa revisión es que puede tener resultados contradictorios si acudimos a lo público o lo hacemos por lo privado. Y en la religiosidad popular la segunda opción está muy arraigada. Quizás por ello, desde los estamentos de poder y la jerarquía eclesiástica hacen llamamientos para que se encarrille la situación. Aunque poca solución tiene cuando ese tirón de orejas no se le hace al pueblo sino a la jerarquía cofrade, a los miembros de las juntas de gobierno que son, en la mayoría de los casos, los practicantes de esa religiosidad popular que están más adoctrinados. Tengo la particular opinión que las cofradías nacieron como herramientas de control y tienen su sentido para -desde el seno de la Iglesia- crear un marco de desarrollo regulado a ese caudal de religiosidad que se desprende desde el ámbito privado de las creencias personales.

Sin embargo, yo como miembro partícipe de este movimiento cofrade no me siento lo suficientemente preparado como para regular esas conductas. Podré llevar a cabo un análisis introspectivo de mis propios comportamientos, pero como colectivo lo siento, no me veo capacitado ni legitimado. Sobre todo ante muestras de devoción tan intensas como las que dentro de unas horas viviremos en nuestras calles cuando, tras algo más de treinta años, la Virgen del Carmen vuelva a salir en procesión de alabanzas el día de su festividad. Muestras de devoción como las que se han vivido durante la novena que se ha desarrollado en estos últimos días, pero que esta noche no tendrán un renglón o canon establecido. 

Pues, ¿quiénes somos para juzgar cómo debe una devota actuar ante la divinidad o juzgar lo que pueda "pactar" con Él a través de su rezos y plegarías a la Reina del Carmelo? Lo dicho, las grandezas y miserias de la (bendita) religiosidad popular.