Cuando se acercan estas fechas del Corpus, entre otros recuerdos que cada vez parecen más lejanos, se me viene a la memoria la imagen de un amigo mío portando el guión sacramental delante del Santísimo.

En realidad, nunca comprendí porqué a él le gustaba ocupar tal lugar en el cortejo. Andando de espaldas a todos, sin más vista que la Custodia. ¡Pues vaya!

Sin embargo, a él no le importaba tal incomodidad (para mí lo suponía). Era de esas personas, de gestos metódicos y palabras medidas, que no arañaban ni un ápice la cordialidad de cualquier conversación. Así que, en realidad, no me extrañaba que le delegasen tal cometido. ¿Habría alguien más idóneo para guardar el máximo respeto al transitar de Su Divina Majestad?

Además, que formara parte de una hermandad que tuviese de Titular al Santísimo Sacramento le confería, no sé porqué, ese espíritu de abnegación, de dedicación, a algo tan profundo que no pocos jóvenes de su edad, perteneciendo también a otras cofradías, no alcanzábamos a comprender del todo. Cosas de la deformación cofrade que, a finales de los ochenta, padecían algunas corporaciones.

De espigada figura, y con cierto aire de estudiante de un College inglés, lo veía con sus libros bajo el brazo, camino de su casa, en la calle Jesús de la Misericordia, a eso de la hora de la gazuza. Era de esos chavales que parecían no haber roto un cirio en su vida.

Le recuerdo orgulloso de la pertenencia a su Archicofradía y, de hecho, parecía que aquél escapulario inmaculado formase parte indivisible de su pecho. Era devoto del Medinaceli por tradición, por vocación y por convicción.

Aunque nunca le ví revestido de su túnica azul y roja, pues compartíamos día de salida penitencial; pero yo llevaba esa capa, que era como la firma de mi barrio de La Pastora la tarde del Lunes Santo.

Barrio éste que también nos unía, desde la vecindad hasta la fe. Lo mismo coincidíamos por sus calles con un simple "Buenas...", que lo hacíamos en la misa que la hermandad de la Misericordia celebraba con motivo del Corpus Chiquito (eso suena a añejo, pero a añejo de reserva del 68), dándonos fraternalmente la paz.

Un día dejé de verlo donde, de forma habitual, paraba o pasaba. Transcurrieron unos meses hasta que volví a coincidir con él. Llevaba una gorra de visera, y bajo ella una imponente nada de aquella cabellera que, hasta no hacía mucho, lucía. Un saludo formal y amistoso, como siempre; una sonrisa por presentación y, en sus ojos, una lucha en silencio.

El Corpus siguiente no lo ví llevando aquél lábaro con el Cordero Pascual.  Ese año ya no le hacía falta ir andando de espaldas para no dejar de ver a Cristo vivo. Ese año, ya estaba junto a Él. Ese año ya formaba parte de esa mesa eucarística a la que tanto ensalzaba.

No puedo remediarlo. Pero el Corpus lo uno, de forma inevitable, con aquél muchacho que siempre me pareció la viva imagen de la amabilidad.

Hace unos años que, por causas profesionales, no disfruto de la Solemnidad del Cuerpo de Cristo en La Isla, aunque para siempre tendré la imagen grabada de Guillermo, caminando frente al Altísimo, de espaldas a todos. Ha sido con el tiempo, con la madurez que éste otorga, cuando he comprendido que no le hacía falta mirar a ningún otro lado, porque ya tenía el TODO delante suya.

Este año tampoco estaré cuando las puertas del templo mayor isleño abrá sus puertas, repiquen las campanas a gloria y las notas musicales retumben en las fachadas del Salymar o La Mallorquina; pero éste, como todos, me seguirá recordando a aquél chaval que rendía honores caminando hacia atrás delante del Amor de los amores

(In memoriam Guillermo Rosete Pino)



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