Desde hace tiempo hay quien sostiene que cuando llega Semana Santa cada vez son más las personas que acuden al encuentro de una cofradía por motivaciones única y exclusivamente estéticas y culturales, es decir, cada vez abundan más los espectadores y están disminuyendo los devotos.

Por cada año que pasa, y 2015 no ha sido una excepción, de forma paralela al notable aumento patrimonial de nuestras hermandades, también parece ser mayor el número de personas que salen a ver cofradías atraídas por su inigualable vistosidad y por la armónica conjunción de detalles que recoge un cortejo procesional, con el que no parecen ser suficientes los cinco sentidos para poder percibir su amplia gama de matices.

Pero este indudable poder de atracción puede quedar absolutamente desvirtuado si a lo bello, a lo armónico y a lo estético se le despoja de su original sentido religioso. Se puede disfrutar con el incienso y el azahar, con un paso de palio perfectamente dispuesto, o con la interpretación de las marchas más solemnes, pero sin obviar que todo lo anterior no son más que elementos secundarios que nos ayudan a conmemorar que hace más de 20 siglos, Dios se hizo Hombre para salvarnos con su gloriosa Resurrección, germen de la Semana Santa tal y como la conocemos.

Ante esta situación, que no es más que el fiel reflejo de la sociedad actual carente de valores morales y religiosos, a los cofrades y a todos aquellos que todavía creemos en la vigencia actual de nuestras hermandades, nos queda mucha labor por hacer .

Por un lado y cuando nos toque formar parte o incluso organizar uno de estos desfiles procesionales, tenemos que ser conscientes de nuestra responsabilidad y cuidar hasta el más mínimo detalle por insignificante que parezca. Eso conlleva evitar espectáculos y alardes innecesarios que rozan de forma peligrosa con lo folklórico. Tenemos que llevar como bandera la seriedad madura de cofrade responsable, impregnando nuestro caminar con auténtico sentido penitencial y lo que ello conlleva en cuanto a silencio y compostura. Tenemos, sobre todo, que evitar caer en un antitestimonio de lo que debe ser una hermandad en la calle.

Y cuando nos toque participar de una cofradía desde las aceras, debemos invitar con nuestro comportamiento respetuoso y silente a que aquellos que, quizás por desconocimiento, ven pasar una procesión de la misma forma que a una cabalgata de Reyes Magos o de Carnaval, nos acompañen y actúen de la misma manera.

No olvidemos que es tarea de todos el contribuir a poder disfrutar de una Semana Santa bella y armónica pero además plena de sentido religioso  sin el que, ni los claveles de un monte o de las jarras de un palio, ni la cera magistralmente dispuesta en una candelería, ni la música más afinada y solemne, tienen fundamento más allá de lo puramente estético y superficial.

Si conseguimos que al paso de alguna de nuestras imágenes titulares, hasta ella y desde una acera se eleve una oración sincera, las hermandades y cofradías seguirán teniendo su razón de existencia, poniendo de manifiesto su plena vigencia en estos albores del siglo XXI.