Reconozcamos la frugalidad del tiempo. Que es verdad que todo pasa más rápido de lo que creíamos, aunque parezca que los días duren una eternidad.

Estaba claro que tocaba un artículo de D.SS. (después de la Semana Santa). No podía concebirse que ésta pasase y no se hiciera algún tipo de reflexión sobre ella.

En siete días, donde ha brillado hasta el oscuro barniz del paso de la Vera+Cruz, y los dorados parezcan que se hayan vuelto a revestir de su propio pan del precioso metal, luciendo como nunca. Cuando las maderas -aún desnudas de encajes tallados- de Cristo Rey, Caridad o Tres Caídas, han deslumbrado tanto como la plata de los palios, y éstos han sido un reguero de lágrimas de las ceras de sus candelerías, cabe regocijarse de la espléndida manifestación de fe vivida en torno a Jesús y María.

Otros habrán que elucubren y diserten sobre las series de catastróficas desdichas (según rezaba la película) que han podido acaecer, y de las que han sido testigos, ya sea en primera persona o por oídas. Por mi parte, en estas jornadas santas de las que no he podido participar como quisiera por el nacimiento de mi hija, María de la Salud –a cuánto deben renunciar los padres…-, he adquirido un mayor conocimiento de ese mundo tan íntimo que se oculta tras las mareas de gentes que se afanan en buscar los momentos, los sitios, las imágenes que ilustren lo que daba de sí esas magníficas tardes. Y todo ello, escuchando y leyendo las experiencias de los que sí las han gozado (o padecido, que de todo hay).

He llegado a comprender que el sentimiento toma dimensiones descomunales con la distancia de por medio, y que es más dura una penitencia desde lo lejos que bajo un capirote. Que las lágrimas salen cuando les da la gana, aunque sea viendo la salida de tu Hermandad a través de una conexión de datos por la tableta o el móvil, y no desde la plaza de tu barrio.

Se me ha erizado el alma cuando oí a un mudo gritarle ¡¡Guapa!! a su Virgen en la Madrugá. Se me congestionó el pulso cuando vi a un ciego cómo se le iluminaba la cara cuando le dijeron que delante de él estaba el paso de su Cofradía desde la infancia. Y un nudo en los sentíos al contemplar cómo procesionaba, con su túnica morada, un hermano –devoción dónde la haya- que no caminaba, sino que otro lo ayudaba a empujar su propio calvario que era una silla de ruedas.

 ¿Qué misterios son los de estos milagros, que hacen hablar al que no tiene voz, ver al que no tiene vista, y logra que la fe mueva lo que el hombre no puede trasladar por sí mismo? Dos mil años después, siguen vigentes aquellas maravillas de ese Cristo que acaba de resucitar.

Me han apoyado, de forma inconsciente ellos, los comentarios de los profesionales de los medios de comunicación y las redes socialespara realizar este escrito. Una reflexión sobre lo que he estado obligado a descubrir, gracias a la fuerza ejercida por esa nueva vida en forma de niña.

Qué distinta la Semana Santa de aquellos ancianos, de cuerpos anclados por los años a sus camas y sillones, que parecen querer levantarse, como no pueden en otro momento, cuando ante sus balcones discurren las escenas de la Pasión y los dolores de la Madre.

Qué emoción la de los que padecen las penurias de las enfermedades, los de la escasez de todo, y se postran, como María Magdalena, ante los pies del Nazareno que llevan prendido, o lo han condenado, o lo han clavado al madero, o yace muerto en una imagen imposible de borrar que hemos visto mil veces, pero nunca es igual. Esos que no tienen más salida que creer, porque siempre queda la Esperanza.

Verde sobre negro, hermanos… Verde sobre negro. No hay mejor presagio.

Qué impresionante ver sonreír a las monjas -regalo bendito- y en cada cara iluminada ante los pasos que ante ellas se paraban, oraciones calladas y el gozo de sus voces: Ya sé como cantan los ángeles

Dice la letra que la distancia es el olvido.

¿Olvido? ¡Qué error!

Pueden hacerse una idea sobre qué supone no poder estar donde uno anhela, y todo se conjure en tu contra. Es entonces cuando la memoria comienza su labor de no dejar enterrar los recuerdos. Las ganas de volver a estar donde las causas no nos permiten.

 ¿¡Eso!? ¡Eso no lo sabe más quien lo sufre!

Es la otra Semana Santa. La que se aparta de los ojos de quien mira con lupa las faltas. Del que no se detiene en los detalles de fuera. Aquella que se vislumbra en la profundidad del que la reza sin tenerla del todo delante.

Ahora que todo ha pasado, queda la cera. La que se ha agarrado al suelo como se clavan aquellas cosas de las que no queremos deshacernos.

He ahí el mensaje: impreso en el mismo pavimento. Afianzado. Logrando hacer resbalar hasta al más incrédulo que pisa sobre ella sin miramiento.

Queda la cera, insisto, como el recuerdo. Que para dejar de sentirla clamar, por más meses que pasen, tienen que usar agua hirviendo -y, a veces, ni con eso-.