Hay peajes que cuestan algo más de 7 € y algunos pasan por él un Sábado Santo cuando "en La Isla no hay pasos que ver" o durante el resto del año para presenciar alguna gloria o alguna hermandad de penitencia en salida extraordinaria con la Giralda de testigo. Otros lo usan más a diario. Existen peajes que son inmateriales, que no tienen barrera física pero están instalados en el reborde marítimo del caño de Sancti Petri o en el río Arillo y que sirven de freno y barrera mental para conocer otros mundos... ni mejores ni peores sino distintos. Por haber, hay peajes cuando ejerces un cargo en un determinado colectivo ya sea de carácter civil o religioso y entonces, si en ese momento estás ejerciendo como representante de dicha institución, tienes que aparcar tu pensamiento individual y obrar en función del bien común... o de lo que es políticamente correcto.

Pero no crean que me ceñiré el fajín de esparto para hablar de ese tipo de peajes, no. Con este artículo quiero que os pongáis en el otro lado, en el punto de vista del que sufre al cofrade jartible. No hace falta irse al Callejón del Gato que retratara Valle Inclán en sus Luces de Bohemia y mirarnos con espejos deformados para observar que en el mundo actual, el cofrade es una especie rara, aunque por lo que puedo apreciar no está, ni mucho menos, en peligro de extinción. Más bien al revés, como la mejor versión de mogwais, se reproducen con el agua (quizás bendita en este caso).

Este artículo solo intenta valorar el peaje de alguien que ajeno a este mundo ha criado en su casa un cofrade o se ha unido por una extraña combinación de sentimientos al cofrade, aunque no llegue a entender esa particular manera de vivir. Y es que compartir tu vida con un cofrade tiene que ser un verdadero coñazo (perdón por la expresión).

- Si fuera sólo en Semana Santa... pero, hijo mío, te faltan días en el calendario para todos los actos que tienes en el año.

Quizás a algún cofrade que ahora está leyendo estás líneas, le suene ese mensaje. Quizás a otros aún no se la hayan dicho pero si se la llegaran a decir, la o el que se lo dijera tendría toda la razón. Cuando no hay un culto interno, lo hay externo; cuando no hay una reunión, habrá un concierto o un ensayo; una visita al vestidor, al bordador, al orfebre, al tallista, al dorador o al escultor. Será por oficios.... O tendrá una convivencia en fin de semana para hacer hermandad o para generar recursos para el siguiente proyecto patrimonial. Pero al domingo siguiente se hará el tonto (de capirote) para ir a comer a casa de la suegra.  

De manitas en casa poco; pero con dos maderas y tres hierros el cofrade te monta un altar de cultos de categoría. De costura, menos; los bajos de los pantalones los tiene que llevar a la costurera pero con un trozo de tela y una caja de alfileres el cofrade te viste ese altar.

¿Qué se ha fundido una luz de la lámpara del salón? Espérate hasta la eternidad para que lo arregle, pero la candelería la enciende al completo en un tris con un pabilo y una caña.  

¿Una obra de teatro? Que va, ni de coña no tiene tiempo... pero las butacas del de Las Cortes tienen en cuaresma en el asiento las marcas de su trasero.

¿Qué vista a los niños? Pero si no sabe... O no se esfuerza, pues si puede estará ahí al acecho para colocarle la túnica al Señor.

¿Qué limpie los platos? Mal se pone el asunto si la vajilla es de cerámica, pues como no sea de plata o alpaca plateada y puedan limpiarse con tarni-shield el cofrade no se mancha las manos.

¿Qué use el ambientador en el cuarto de baño? Bueno... en todo caso aprovechará para quemar un poco de incienso.

¿Una conversación sobre emociones y afinidades? ¿Estáis locos? Ni que penséis que va a compartir sus debilidades con su pareja... pero si es nombrado para hacer un pregón o un pseudo pregón -perdón, me he liado; quería decir presentación de cartel- seguro que confiesa sus sentimientos más íntimos ante desconocidos.

¿Guardar un secreto? Pero, por favor, ¿con quién compartes tu vida? Si el cofrade lleva la crítica y el chismorreo en su ADN.

Habrá quién diga que él o ella no se ha visto representada en estas líneas, pero seguro que reconoce tras estas palabras a algún conocido. Otro rasgo característico del cofrade; la falta de autocrítica.

Somos una tribu urbana muy particular que encima le gusta exhibirse en los espacios públicos. Cada vez que podemos tomamos la calle y la transformamos. Quizás esa sea una de nuestras múltiples grandezas, el cofrade sabe transmitir unos valores y una manera de entender la vida a la sociedad que provoca que se genere riqueza, expectación, patrimonio,... además de intentar transmitir una serie de valores cristianos que son la razón de ser de todo esto.

¡Qué le vamos a hacer! Somos así. Con nuestras grandezas y nuestras miserias, ni mejores ni peores que cualquier otro grupo social. Pero eso sí, de vez en cuando también tendríamos que mirar a nuestro lado y ver lo que sufren los que nos aguantan durante todo el año, porque ser un cofrade comprometido y no un simple capillita, capirotero, comemaera o sacapaso tiene que ser agotador para el que no entiende nuestra manera de vivir esta vida.