Desde hace unos días observo en ciertas ediciones digitales cofrades, que le han cogido el gustillo a hacer evaluaciones de la psicología kapillita (término éste usado en uno de los últimos que he leído).

¡Hay que ver que vacíos estamos los que decimos vivir la Semana Santa!

No les faltan razones para argüir tales elucubraciones. Es cierto que pecamos -nunca mejor dicho- de una idolatría que en no pocas ocasiones eclipsa, con su halo de exacerbada adoración, el auténtico sentido de nuestra forma de vivir como católicos. Pero esa veneración  no solo se enfoca a las sagrados Titulares de nuestras hermandades. ¡Quiá!¡No me sea usted nuevo, por favor! 

Hoy se eleva a los altares al capataz, al cargador/costalero, al momento tal de X cofradía pasando por la calle Y, que da como resultado un número (de entusiastas semanasanteros) con tantos decimales como cámaras pueden estar grabando aquél instante irrepetible -hasta el año que viene, si Dios quiere-.

- ¡Pues oiga, así nos luce el pelo!

- ¡Qué me va a contar!

Hoy se alaba el andar de los pasos, el sonido de los caireles tintineando sobre los varales, el martillo sonando a llamada celestial que lleve ¡al cielo! a palios y Misterios. Mientras, al fondo, Jesús Sacramentado. Que lo sepan ustedes.

Fotos de uno mismo con el Cristo de espaldas. Fotos del detalle del candelabro guardabrisas, con la túnica del Señor como detalle del detalle. Fotos de la corona ladeada en las sienes de la Señora del barrio, sobre su toca de sobremanto bordada con la devota recolección económica de sus hijos que la aman -qué gusta una trasera-. Fotos del humo del incensario. Fotos de niños cansados tras horas de penitente recorrido. Fotos del romano a caballo en la noche hecha madrugada del ya Viernes Santo.

Fotos del fotógrafo que fotografía –sí, soy consciente del galimatías-, para que disfrutemos, al día siguiente si cabe, de esas cosas que no todos podemos ver.

Cabe recordar que también existen los aficionados a la Semana Santa. Un extenso grupo de especialistas en patrimonio, marchas procesionales, estética, etcétera, que ofrecen sus pareceres, y por lo escuchado y leído contemplan la solución a diversos problemas que, hoy por hoy, tienen en un brete al Consejo de Hermandades, delegados de días y juntas de gobierno. Un auténtico Consejo de Sabios.

El cofrade es un personaje -en el sentido más cariñoso- imperfecto. Como lo son el resto de miles de millones de personas en este planeta, pero ¡ay, amigo! Dentro del trocito que te ha tocado pisar, eres revisado con lupa. Con lupa de lupanar. Donde las palabras se usan para envilecer a la persona y, aunque no se haya caído en la cuenta, a lo que representa como cristiano. 

No justifico las incoherencias de uno, al perder el sentido con esas emociones incontroladas, pero tampoco apoyo el ensañamiento de otros. Al menos no, si la motivación es un mero ejercicio de banalidad periodística (esto es: De algo hay que escribir).

Parece ser que para opinar sin opción a réplica hay que tener titulación en Plumología y Buenas Tintas, pues el lego no tiene derecho a crítica, si acaso a pataleo. Que es el hermano pequeño de la primera; ese que todos oyen y nadie le hace caso. 

Perdón, me disipo. 

Como decía. Por lo visto, hay que ser autoridad en esto de escribir para dar, a diestro y siniestro, caña al cofrade. Entiendo pues, que hay articulistas que no tienen otra noticia que dar, pero siempre tienen a mano al tonto del capirote de turno, dispuesto a solventarle la papeleta. 

Bueno... Tonto del capirote, del costal, de la cámara, del iPad, la tableta, el esmarfon, la corneta...

 En fin. Que hay material para salir del paso. Y eso es lo que hacen estos francotiradores del Word: salirse. No ya del paso, sino de toda la procesión. 

Esta es la moda. 

Está bien que se haga hincapié en ciertos aspectos que logran que se pierda en frivolidades la auténtica esencia de lo que debe significar vivir, a través de las corporaciones nazarenas o letíficas, como miembro de la Iglesia. Hay que usar el ingenio literario para hacer reflexionar, difundir lo que merece la pena y lo que es superfluo, para demostrar que no todo se hace bien, y que tampoco es tanto lo malo. Pero hay que saber hacerlo.

Cofrades somos muchos. Entendidos, también. Y de Caifás y Anás ya para qué. Jueces supremos que estiman a quienes se pueden enjuiciar y sentenciar. 

Así pues, desde mi condición de creyente que vive su fe desde este mundo tan denostado de las hermandades, expongo mi pataleta. A ver si a alguno llega ésta y hace un poquito de introspección, que para eso estamos en Cuaresma.

No olvidemos que el cofrade es un ser lleno de detalles. Muchos de ellos son auténticas filigranas de sentimientos.