Uno, con el tiempo, cree que lo ha visto todo, y es tanta la prepotencia al pensar eso que no nos damos cuenta que también parpadeamos, perdiéndonos unas milésimas de segundo en cada uno de esos movimientos.

Hago cuentas, y milésima a milésima, durante una vida, son más de lo que pretendemos asegurar que hemos presenciado. ¡Pues aún así, seguimos igual de pretenciosos!

Hiice una prueba, y luché contra la propia naturaleza de mi cuerpo intentando vencer el inevitable persianeo al que mis ojos se veían obligados, y que tantos segundos al día me hacía perder.

Paseaba por la calle Ancha, perdido entre mis asuntos, cuando me detuve ante uno de esos cuadros de la gloria hechos para ser admirados en las paredes de las casonas, uno espectacular con la imagen de Jesús Nazareno. Volví mis pasos y seguí mi camino hacia San Rafael, y empecé a disfrutar de aquella eventual calle de la Amargura isleña. No había caído hasta ese momento en la sempiterna paz de aquél rincón, con el hilo musical del canto de gorriones y golondrinas, y ese halo a añejo.

No quise perderme un solo instante de aquél recorrido que tantas veces había hecho siendo, como soy, nieto, hijo, sobrino y vecino  de gente del barrio bendito de La Pastora –si es su Madre Divina, ¿cómo no va a serlo su casa?-. Así que decidí no pestañear siquiera, en tanto disfrutaba de aquél palio de naranjos que la primavera empezará a bordar con hilos de fino azahar, y a llenar las ánforas –árboles de Maestro Portela- de la misma flor para que sea su perfume inconfundible.

El mismo viento que refrescaba aquella mañana, movía las bambalinas verdes que semejaban aquellas hojas de las que colgaba, como caireles, el amargo fruto. ¿Quién me diría que levante y poniente eran cargadores, que con sus airosas maneras mecían aquellas ramas hechas varales?

Era una sintonía de sensaciones tal, que mi alma cofrade no podía sentir de otra forma.

De repente la calle se llenó de gente aguardando en sus aceras. Colas de devoción que aguardaban en penitencia el manjar frito que la expendeduría churrera,  a modo de incensario, gobernaba con su humo de esquina a esquina. ¡Hasta Calatrava! ¡Hasta Mariana de Pineda!

¡Qué constante procesionar!

Me embargaron recuerdos de lo que queda por vivirse y que, sin embargo, he gozado ya en años que han pasado y se han posado en los pliegues de mi cara.

Pensaba cómo la calle Ancha suena a Oremos la tarde del Lunes Santo, a Salud galilea, a Encarnación de la Calzada  a Santa Vera+Cruz, a Poder y Amor, a Piedad carmelitana, A mi capataz en la Madrugada...

La calle Ancha es  huerto, pretorio, calvario. Es barrio de cada hermandad que pase por su adoquinado. Es silencio, emoción, saeta de una garganta rota, redobles de tambor. Es de capa, de cola, de negro. Es tradición. Expectación.Es calle donde sus vecinos pueden ser pastoreños, o no, que es tan poderosa que su vena llega hasta la misma feligresía del Santo Cristo.

Es tan señora que siempre está bien vestida, preparada por si la ocasión. Aunque más debieran de mimarla los que hablan de exportar isleñismo desde la gran casa rota y abandonada de la Plazarrey.

La calle Ancha es un abrazo si la miras desde arriba –cañailla plaza de San Pedro-, que desde sus balcones se proclama, se persigna y se da el urbi et orbi a cada pena que María va derramando en las lágrimas de su candelería. Se reza cada latigazo, se siente la cruz y las espinas que coronaron las sienes de un Cristo atado, empujado, caído, crucificado.

Pero parpadeé. ¡Lástima! Cuando mejor soñaba el paseo por aquella vía larga, desperté. Sin embargo, como el ciego que ve por primera vez, ya no podré dejar de mirar aquél sitio, como hice mientras me deslumbraba el tener los ojos siempre abiertos.

Bambalinas de verde naranjo/de blanco azahar bordado/  varales de rama inquieta/ caireles con borlones amargos/ Calle Ancha, paso de palio.