Nada más enfilar los Reyes Magos su camino de vuelta hacia Oriente y mientras algunos rezagados terminan de embalar los adornos navideños, esta conocida frase comienza a repetirse por los barrios de nuestra ciudad. Desde entonces, grupos de cofrades con la clásica carpetilla azul bajo el brazo, inician su recorrido por todo nuestro callejero en la anual postulación domiciliaria, costumbre que en San Fernando constituye uno de esos signos que señalan que una nueva Semana Santa se acerca, pero que a la par se ha convertido en una labor más que ingrata, a pesar de que haya quién la defienda a ultranza con el “romántico” y discutible argumento de que con las aportaciones de personas anónimas, éstas contribuyen y se sienten más partícipes de cada hermandad.

Pero la realidad es que resulta penoso y lamentable que en pleno siglo XXI las cofradías todavía se vean obligadas a recurrir a este sistema de pedir casa por casa, puerta por puerta, para recaudar parte de los fondos necesarios con los que sufragar los gastos originados por la salida procesional.

Por cada año que pasa, es más sacrificado y menos gratificante llevarla a cabo, pues por la diversidad cultural y religiosa imperante en la sociedad actual, cada vez es mayor el número de personas que no comparten las formas cofradieras, con lo que las posibilidades de que el sufrido postulante (que pide para su hermandad y no para él) se encuentre con faltas de respeto y  malos modos son mayores.

Lo peor de todo es que las hermandades se siguen viendo en la necesidad de salir a postular, pues los gastos que origina una procesión son cada vez mayores y por el contrario los ingresos cada vez más escasos, soportándose unas cuotas mensuales mínimas, más propias de otras décadas, papeletas de sitio sumamente económicas para facilitar al hermano el vestir la túnica y unas subvenciones oficiales ridículas, casi simbólicas si las comparamos con otras ciudades y sobre todo con el movimiento económico que origina la Semana Santa.

Por tanto, los cofrades debemos tomar consciencia de que nuestras corporaciones deben ser autosuficientes económicamente. Son los hermanos, siempre según sus posibilidades, los que están obligados a contribuir a sostener las precarias economías de sus hermandades y por eso cada vez son más las que limitan la postulación a sus integrantes, en algunos casos extendiéndola a la feligresía y comercio. Otras ya se plantean implantar cuotas extraordinarias de salida a todos los hermanos o papeletas de sitio generalizadas.

Pero mientras no se consiga esta deseada autosuficiencia las hermandades continuarán peinando cada calle y cada barrio en busca del óbolo generoso y en las juntas de gobierno se seguirá desafiando a Pitágoras, demostrando que en las cofradías dos más dos rara vez suman cuatro.