Será quizás la cercanía de unas fiestas donde, por año que pasa, va faltando muchas caras a la mesa. Puede que sea por oír en la lejanía villancicos  y, en una malvada estrategia de desgaste psicológico, me envuelva en recuerdos que ya se van viendo como si en el otro extremo de un túnel me encontrara, observando nostálgico cómo quedan atrás las cosas. Y eso que estamos tan solo en el comienzo del último mes del año, quedan días aún para que la Navidad nos atragante en lágrimas emotivas o en comilonas de empresas o familiares.

“Paparruchas” –decía el viejo Scrooge cuando alguien le saludaba con un “¡Feliz Navidad!”, en el popular cuento de Dickens. Y hoy casi  no pocos dicen –o decimos- lo mismo cuando, sin olerse todavía la verdadera esencia de esta celebración, desde los medios de comunicación, las grandes superficies y, por obligación, los pequeños empresarios también, nos atosigan, nos empujan, nos meten por los ojos y oídos un “ya está aquí, no pierdas el tiempo que para después es tarde”. Aparece la premura que no teníamos, como ese fantasma de otras navidades, que nos recuerda lo mal que lo pasamos por no haber hecho caso a esas indicaciones.

Se inicia así el asalto al Mercadona, o el programa de ataque masivo al Carrefour, organizándose batidas por calles y estanterías para hacer acopio de todo tipo de suministros para abastecernos en los días D, y tenerlo todo previsto para la hora H, donde a nuestras puertas se acercarán, según el plan trazado, tropas ávidas de saquear nuestras mesas preparadas para una batalla donde los ejércitos, que se atrincherarán de manera estratégica  en diversos puntos de la misma, darán buena cuenta del arsenal dispuesto.

En tanto, la Operación Reyes se realizará en conjunto con familiares aliados con el fin de no proceder a un gasto innecesario, sobre todo para no coincidir en la adquisición de material belicista, de transporte, de prácticas y tecnológico (es decir, pistolas y rifles variados, bicicletas, muñecas -para ver qué “sencillo” es ser mamá-,  tabletas y videojuegos), por duplicado.

Grosso modo, a esto se reduce lo que consideramos la Navidad. Un ir y venir incesante de tiendas, restaurantes, ventas, casas de abuelos, hermanos, cuñados... Y reitero. Grosso modo.

Scrooge casi no erraba al tomar estas fiestas como un absurdo, y hoy puede decirse que esto sería así si la consideramos tan solo como una ocasión para gastar sin remisión ni omisión: La gran paparrucha. Esa que genera un montón de intoxicaciones etílicas, comas gástricos y desde muy temprano, con el  incorporado de forma oficial Papa Noel, desahucios de antiguos juguetes semanas antes que, desde un Oriente estelar, vengan nuestros Reyes de siempre.

Los previos que ya van a empezar nos traen también, a Dios gracias, solidaridad. Esa que debiéramos tener el resto del año sí, aunque ese argumento puede decirse que ha quedado manido tras comprobar, con esto de la redicha crisis, cómo muchos particulares y colectivos se han movido unos y desvivido otros para intentar paliar las necesidades de no pocos. Pues, en vísperas de la fiesta del nacimiento del Niño Dios, por mucho que me la quieran revestir de la del solsticio de invierno,  lo que nos mueve y conmueve es ese nacimiento tan precario, huyendo y con el miedo por sombra de unos padres hacia Belén.

Que sí, que todo está relacionado, lo del solsticio también, pero no es eso lo que da sentido a la Navidad (así en negrita y con mayúsculas), sino lo argumentado.

Auténticas campañas de guerra -pero de buena voluntad- se suceden, pidiendo que seamos esos mismos magos en losque, con mayor o menor peso en nuestra saca, nos convertiremos el cinco de enero. Puestos ocasionales en las entradas de centros comerciales, con caras sonrientes llamando a la caridad de un simple paquete de arroz para ocupar ollas a las que les cuestan llenarse. Gente llena de buenas ideas para seguir ayudando, como se pueda, en esta vorágine de gratas intenciones sobre quienes requieren una actuación social real.

¡Buena gente! Y nada de discursos, pregones, ni cartelería publicitaria populistas en busca de votos. Hermandades, asociaciones sin ánimo de lucro, personas anónimas que tienen como premisa ser portadores de esperanza.

Esa es la navidad que nos espera. Inevitable ambas versiones, porque hemos creado un Cuento de Navidad y un monstruo navideño a la par. El primero se basa en lo que los fantasmas nos hacen ver, sobre todo la realidad y el futuro. Difícil la primera, siempre incierto el segundo. Lo otro... El monstruo, es la ironía de ese cuento tan real.