Noviembre, con su melancólica memoria, nos trae recuerdos de quienes se fueron de este mundo, no pocas veces duro y poco menos que cruel. Llegaron los días de las atardecidas entristecidas por un manto enlutado que nos cubrirá a deshoras, cuando aún tenemos mucho que hacer. Las calles se apagan con el velo de las tinieblas cuando la humedad comienza a echar su telón sobre la ciudad, mientras la anochecida ya es la protagonista.

Las campanas en las espadañas, en las torres, tañen más que repican y en los templos la luz torna tenue. Se visten las camarines del rigor del negro. Negros rosarios. Rostrillos negros sobre el negro atuendo que viste a María, y con la fragancia y el color engañoso del solemne crisantemo.

Manos de suave patina que sostienen el pañuelo de nuestras lágrimas; velas en los devotos altares, donde quedan grabados en zaina tintada en una esquela improvisada, los nombres de los que una vez anduvieron por donde nosotros pisamos. Aflicción en la mirada de la Madre, consuelo sólo con su silente presencia. ¡Cuantas emociones puede contener el ensordecedor sosiego de una oración!

En los días donde se hacen más presentes los momentos que ya no volverán, se concitan la nostalgia y el reencuentro. Ante las aras, las hornacinas donde aguardan en estática Pasión las sagradas escenas que nos conmueven en la santa semana anhelada, a modo de plañidera reunión, los corazones que palpitan musitando rezos por los que ya no vemos.

En tanto se dan esas estampas llenas de tradición y piedad, la celebración del respeto a los difuntos, se encuentra -que no se confunde- con aquella otra de algarabía y disfraces, que clama a la muerte misma como una fiesta de seres imposibles. Pero en algo no ganó lo nuevo a lo viejo: En el amor a nuestros muertos.

Es noviembre. En cada esquina, en cada rincón, se respira ese aire otoñal intenso que nos huele cada vez más a invierno: la huella misma del tiempo. Disfrutemos, porque esto mismo no volveremos a verlo.

Que la imagen de Ella, con la corona de espinas del duelo, sin preseas de oro, ni más adornos argénteos que el puñal que cruza su pecho, nos acompañe en este tiempo incierto, donde tanto necesitamos de su aliento.